Aunque es de una obviedad casi grosera en Degenerado –la cuarta novela de Ariana Harwicz– no importa tanto lo que se está contando, sino cómo aparece esa porción de vida que queda expuesta en su tejido verbal.La primera pregunta que plantea el texto, entonces, es una que podría ser ilegítima, y que no tiene respuesta: ¿esa extrañeza, ese enrarecimiento, es producto de un enajenamiento de orden casi místico (como cuando Juan José Saer señalaba que en el trabajo de escritura se filtraba el delirio, y que ese era el valor de lo que aparecía), o de un cálculo frase por frase, como si el procedimiento consistiera en sustraer y mezclar a conciencia hasta dejar un hueso lírico en cada oración, ocultando deliberadamente un fondo anecdótico con el resultado de una prosodia que hipnotiza y al mismo tiempo desconcierta? ¿Es una de esas posibilidades más genuina que la otra?Dicho de otra forma, ¿el libro es más honesto si Harwicz se deja ir como una médium en la escritura, antes que actuar como una orfebre minuciosa de esa turbulencia que es Degenerado? Como dijimos, la pregunta es casi inevitable si se recorre la novela con atención y honestidad. Es una duda impuesta por la novela en su progreso y sobre la que pivotea la lectura entera.En una entrevista televisiva, Ariana Harwicz condena a las literaturas que se dejan conducir por el impulso ensayístico de abordar temas, y parece defenderse de ese peligro con la aturdida voz de un protagonista sin nombre.Es tal el caos en el libro que su trama (si hay algo parecido) es difícil de precisar. ¿Es francés su protagonista? ¿Es un ruso emigrado? ¿Por qué todas las referencias son al pasado traumático argentino?A diferencia de los escritores que publican en sellos españoles, a pesar de que vive en Europa (y para complicar aún más las cosas), Harwicz conserva los modismos argentinos, el voseo, frases típicas, mezcladas con formas que parecen traducciones de la lengua francesa, algo que incrementa la confusión.Lo que puede reconstruirse en un resumen rápido es que el protagonista es un anciano misantrópico de edad difusa, víctima de una infancia puntuada de crueldades no muy particulares; vive en el campo (parece la campiña francesa) y a pesar de ser un respetado personaje docto de esa fantasmal comunidad, es acusado de un acto criminal que es, además, un tabú moral (la violación y asesinato de una niña perdida) por lo cual es capturado, encarcelado y juzgado.Con estos materiales difíciles de mirar, Harwicz compone un monólogo quebradizo y alucinado, veteado de voces ajenas (las de los jueces, las de los vecinos, las de los testigos), en las que una serie de temas aparecen en forma de varios leitmotiv: el dolor necesario de la pertenencia familiar (“los lazos familiares son una enfermedad mental”), el fracaso que es toda paternidad, y, fundamentalmente, el borramiento defensivo de la línea entre el monstruo y la normalidad, entre el crimen y la vida en comunidad.La hipótesis que sostiene el monstruo de Harwicz de forma reiterada es que no hay una gran diferencia entre nuestras “democracias agravadas” y cualquier violación de las leyes, que no son otra cosa que consensos impuestos.Por más que es inatendible en términos conceptuales (toda su línea de argumentación parece destinada en última instancia a defender su vida) algo de la oscura catarata misantrópica de la voz del Degenerado de Harwicz opera como una molesta gota que termina haciendo mella.Contaminando todo de escepticismo y amoralidad, reponiendo en loop un repertorio de fantasías tabúes (el incesto, la pedofilia, la zoofilia) que se afirman como deseo y que reclaman, en la voz del narrador, su derecho a la existencia, Degenerado simula enjuiciar desde un lugar casi insostenible la forma en que administramos nuestra vida colectiva, y lo hace de forma perturbadora en su casi intransitable centenar de páginas.Degenerado, Ariana Harwicz. Anagrama, 124 págs.

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