En 1966, una prestigiosa editorial italiana publicó un libro de cuentos fantásticos, algunos de los cuales eran realmente divertidos, titulado Historias naturales. Su autor era Damiano Malabaila, completamente desconocido para las letras patrias. Al leerlo, no fueron pocos los lectores que manifestaron su perplejidad: demasiado experta y controlada la escritura, absolutamente perfecta la dosificación entre los elementos constitutivos de cada relato como para ser la obra de un autor debutante. Y además, ¿cómo había conseguido un autor que da sus primeros pasos que le publicara una editorial conocida por ser muy severa a la hora de seleccionar? Al cabo de no mucho tiempo, obtuvimos la respuesta. Damiano Malabaila no existía, era un seudónimo detrás del cual se ocultaba, para mi sorpresa como lector, nada menos que Primo Levi, el autor del inmortal Si esto es un hombre.Me he preguntado a menudo si esta sorpresa no la compartió el propio Levi al descubrir en sí mismo una veta tan divertida como la que marca gran parte de las Historias naturales, motivo que tal vez lo impulsara a firmarlas como Malabaila.Sea como fuere, el departamento de prosa radiofónica de la RAI, para el que yo trabajaba como director, decidió hacer una adaptación en forma de radionovela de uno de esos relatos, «El versificador», y que la realización se llevara a cabo en los estudios de Turín. Pero cuando, un mes después, los responsables del departamento escucharon la radionovela antes de ponerla en antena quedaron atónitos, porque la calidad de la interpretación y de la dirección era de un nivel tan escaso que la transmisión podría llegar a considerarse como una especie de insulto al propio Levi. Decidieron ipso facto realizar una segunda edición completamente distinta, confiándome la dirección. Teníamos poco tiempo porque la obra ya había sido anunciada en la programación. Salí de inmediato hacia Turín y lo primero que hice fue pedir por teléfono una cita con Primo Levi, a quien no conocía.Cuando se enteró del motivo de mi solicitud se mostró desconcertado.–Pero ¿«El versificador» no se ha realizado ya? –Sí, pero verá, resulta que no ha salido del todo bien, de modo que…Él fue directo al grano. –¿Me permite invitarlo a comer mañana en Il Cam- bio? –me preguntó.Il Cambio era un famosísimo e histórico restaurante de Turín.–¡Con mucho gusto! –le contesté. «El versificador» era la historia de una máquina capaz de hacer versos a voluntad, siguiendo algunas indicaciones precisas, pero lo que ocurre es que esa máquina del relato de Levi se toma bastante a menudo, digámoslo así, ciertas licencias poéticas, que acaban dando lugar a malentendidos y equívocos. Mi idea era que la máquina no ha blara con la voz mecánica y carente de cualquier entonación que parece ser la típica de los robots parlantes, sino hacer que recitara los versos con una entonación enfática propia de los malos poetas cuando leen su obra. Quedaba sobreentendido que luego trataríamos la voz del actor de alguna manera, para sugerir que se trataba de una máquina y no de un ser humano, con la ayuda del Instituto de Fonología de Milán.Me presenté en Il Cambio con cierta ansiedad: conocer a Levi en persona y hablar con él despertaba mi inquietud. Pero la dulzura de sus modales, la cortesía, el interés, la atención que prestó de inmediato a mis palabras hicieron que me sintiera perfectamente a mis anchas. Descubrimos, aunque no nos lo dijimos, que nos habíamos caído mutuamente simpáticos, por lo que, de alguna manera, Levi quiso prolongar el almuerzo; después de tomar el café me dijo que aún tenía tiempo y que le gustaría seguir hablando conmigo de mi Sicilia. Después salimos del restaurante. Justo al lado de Il Cambio se erguía la majestuosa fachada del Teatro Carignano.Andrea Camilleri y su inseparable cigarrillo.–¿Alguna vez ha trabajado en nuestro teatro? –me preguntó Levi.
–No he tenido nunca la oportunidad. –Pero ¿lo ha visto alguna vez, aunque sea como espectador?
–Tampoco. Observó que la entrada principal del teatro estaba abierta. Me miró y me dijo:
–¿Quiere visitarlo? Soy amigo del director. –Con mucho gusto –le respondí. Entramos. Un caballero muy elegante estaba hablando con una mujer; al ver a Levi salió a su encuentro, tendiéndole la mano, y le dio una calurosa bienvenida. Levi le explicó la razón de nuestra presencia. El director se puso a nuestra disposición y ordenó encender todas las luces de la casa: efectivamente, era una pequeña joya que daba una impresión de grandiosidad. Pedí permiso para subir al escenario y el director me acompañó: me llevó a ver el puente de iluminación, me enseñó –aunque a cierta distancia– la organización de las bambalinas y en ese momento lo llamó uno de sus asistentes, porque se acababa de recibir una llamada telefónica desde el extranjero que el director estaba esperando. Se despidió de nosotros, nos dijo que, cuando acabáramos la visita, podíamos salir por la puerta trasera, la que se conocía como entrada de artistas, y nos dejó solos. Quise quedarme cinco minutos más para contemplar todo aquel esplendor y luego le dije a Levi que podíamos irnos.Entre bastidores identificamos la puerta que conducía a la salida: daba a un pasillo que terminaba precisamente en la entrada de los artistas. Vi que cerca de la entrada estaba la garita del portero, que estaba leyendo absorto un periódico. Al oír que nos acercábamos, el portero levantó la vista, se le iluminaron los ojos, se levantó, abrió la puerta de la garita de cristal y corrió a mi encuentro con la mano tendida, casi dando gritos:–¡Señor Camilleri! ¡Qué sorpresa! ¿Ha venido usted para algún nuevo montaje?Bañado en sudor, deseé literalmente que me tragara la tierra, hundirme en ella. Rezongué algo, dirigiéndome al portero, y me precipité hacia la salida seguido por Levi. En la calle nos sumimos en un embarazoso silencio. Yo, que estaba trastornado, logré controlarme no sé cómo, y le dije a Levi:–Le debo una explicación. –Usted no me debe nada –replicó él muy amable–, pero si hay algo que quiera contarme…Entonces le expliqué que tan sólo seis años antes había llevado a la escena, precisamente en el Teatro Carignano, un montaje especial del acto único de Giovanni Verga Cavalleria rusticana, pero fuera por la desafortunada elección de los actores, fuera por un imprudente error de interpretación por mi parte, aquel espectáculo me había parecido el peor de todos los que había dirigido hasta entonces y lo había borrado totalmente de mi memoria, hasta olvidarme de haber trabajado en ese teatro.Primo Levi, sobreviviente de Auschwitz y escritor notable–Se ve que había reprimido este recuerdo –dije.Levi, que me había escuchado en silencio mientras se contemplaba algo avergonzado la punta de los zapatos, levantó la cabeza y me miró directamente a los ojos.–Si supiera cuántos he tenido que reprimir yo… –susurró.Y proseguimos nuestra caminata en silencio. SEGUIR LEYENDO:Primo Levi: la dura vida y el misterioso final del hombre que contó como nadie el infierno del HolocaustoAndrea Camilleri, el escritor ciego que soñaba en colores

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