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Reconciliaciones y amistades musicales

En mi columna del domingo pasado hablé sobre cierto efecto de reconciliación con Richard Strauss que me había producido la pieza de teatro Colaboración de Ronald Harwood, que se vio en el San Martín con puesta en escena de Marcelo Lombardero. Hablar de “reconciliación” tal vez suene un poco raro, pero así son las relaciones y las amistades que uno establece con la mayor parte de los músicos que ha oído con interés; son relaciones unilaterales -de las que el otro no está enterado, ya que por lo general están separadas por cientos de años y miles de kilómetros-, aunque eso no las vuelve menos importantes en el curso de una vida. Hablar de una reconsideración de Strauss sonaría más serio que de una reconciliación con Strauss, pero tampoco el crítico tiene que posar de crítico todo el tiempo. Este es el momento de hablar de los gustos y de las amistades musicales, que se parecen, pero que no son la misma cosa. Hace unos días leí en Twitter una frase atribuida a Leonard Bernstein: “Odio a Wagner con todas mis fuerzas, pero lo odio de rodillas.”De Richard Strauss puedo decir que durante buena parte de mi vida su música no me gustó ni fue un amigo. Seguramente, no debo haber estado libre de la lógica un tanto absurda de las parejas, que es bastante dominante en la historia de la música y quizá del arte en general. Una vez, en medio de una conferencia de prensa, le pregunté a Daniel Barenboim si había dirigido o le interesaba la música del húngaro György Ligeti; Barenboim, un músico que con todo lo que hace seguramente no haya tenido tiempo para ocuparse de Ligeti, me respondió un poco absurdamente: “Prefiero a Kurtág” (Kurtág vendría a ser la pareja húngara de Ligeti). Nadie es perfecto.
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Durante muchos años, cada vez que en la bibliografía musical o en las conversaciones se alzaba la pareja Gustav Mahler-Richard Strauss, mi balanza se inclinaba casi con indignación en favor del primero. Y hace treinta o cuarenta años seguramente no solo estaba influido por la frágil lógica de las parejas, sino también por cierta prédica modernista, contraria al arte de Strauss. De cualquier forma, con toda sinceridad puedo afirmar que lo que me molestaba de Strauss no era su anacronismo. Simplemente, no me llegaba su maestría, y los poemas sinfónicos que suelen tocar las grandes orquestas visitantes como mercadería orquestal de lujo por lo general me resultaban extenuantes. Su música, con sus calculadas descripciones, no me producía ninguna emoción (al compositor Hermann von Walterhausen, un straussiano de pura cepa, le debemos la preciosa frase según la cual en Strauss “la impresión sensible emerge sin el decisivo filtro del inconsciente”).En el prefacio de su libro sobre Mozart y Beethoven (ya comentado con bastante detalle en estas columnas), el cineasta Éric Rohmer habla del programa “Los Grandes Músicos” que en los años ‘50 pasaba por la radio francesa Jean Witold. “El nombre en sí del programa de Witold correspondía a nuestro estado de espíritu –escribe Rohmer-. Nuestro amor no era por la música, sino por los grandes músicos, que, en el curso de esa década, eran, en todo y por todo, Bach, Mozart y Beethoven”. Y agregaba con audaz serenidad: “Confieso, además, que no me gusta la música. Hago lo que puedo para eliminarla de mi vida y de mis películas”.En cierta época de la vida uno tiene sus héroes y sus batallas, lo que implica además una cierta metafísica: una música buena es algo más que una música buena, y una música mala es algo más que una música mala (para no hablar de los cantantes: hay voces tan nobles y hay otras tan odiosas). Tiendo a pensar como Mario Levrero, en el sentido de que el viejo y el niño conviven en el mismo ser (La novela luminosa, p. 483). Pero con Richard Strauss experimenté un verdadero cambio de sentimiento. No se dio de un día para el otro. Probablemente empezó con La mujer sin sombra (pero dejemos de lado sus óperas, que son una materia infinita). Siguió con Metamorfosis y las Cuatro últimas canciones. Metamorfosis es una bellísima meditación introspectiva para 23 cuerdas solistas, escrita sobre el fin de la Segunda Guerra bajo la impresión de la destrucción de su Munich natal. Su nombre también describe la reconversión emocional de la música instrumental de Richard Strauss. La tercera de las Cuatro últimas canciones para soprano y orquesta, sobre un poema de Herman Hesse (Beim Schlafengehen, Al irme a dormir), es sencillamente un milagro, como si más de cien años de música se hubiesen encapsulado en seis minutos. Mi conversión straussiana se completó días pasados, cuando vi la conmovedora pieza de Harwood. Terminé de amigarme con él. Quién me dice que algún día le encuentro la vuelta a Vida de héroe o la Sinfonía doméstica.

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