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Robin Hood y el elogio a la pobreza

162Robin Hood se convirtió para muchos en un personaje con fines nobles que hacía justicia por mano propia robándole a los ricos para dárselo a los pobres. Esta trama replicada de mil formas por exitosos guiones de cine y televisión parece haber derramado su influencia en varias generaciones que aplaudieron incansablemente este tipo de héroes atractivos. Quizás, en ese artilugio mental donde la fantasía se mezcla con la realidad, la historia imprimió en muchos una forma de ver las cosas.Y tal vez, como indicio de esa pregnancia, hoy se escucha ampliamente un relato que se relaciona con algunos principios básicos rodados en Robin Hood.Por doquier resuena cierto culto a la pobreza. Con ribetes de índole casi religiosos se ha instalado como el lugar donde el hombre se dignifica. Un ideario que ha logrado enarbolarse divorciado de la miseria que implica. Se pondera lejos e inmune de ser asociada a la ausencia de los mínimos estándares de vida. Distante de la falta de agua potable, cloacas, asistencia sanitaria, hacinamiento, desnutrición, entre tantos rasgos de la marginalidad. En ese imaginario idílico la pobreza pareciera postularse como un estado del cual “no está bueno salir” y se expone, más bien, como un lugar promisorio al cuál llegar. Es ahí, según esta melodía, donde el hombre logra su real nobleza.Como parte de esta concepción que oficia de pack simbólico que percuta sostenidamente en la mente de una porción importante de la sociedad, se identifica a quien logra superar la pobreza como alguien que necesariamente lo hace a costa de los demás. Como si ascendiera pisando las cabezas de los que quedan abajo.Desde este prisma la superación personal conlleva esencialmente el abuso de los otros. En esta neblina de ideología espesa tampoco se valida el “mérito” porque no hay reconocimiento ni contribución de valor a la sociedad que justifique dar a aquellos que lo hacen un premio en recompensa por el beneficio que aportan.Seguramente tenemos un país que en su historia alimentó con beneficios extraordinarios a muchos que no lo merecían. También es indudable que, al igual que acá, en otros sitios del planeta esto suceda o haya sucedido con asidua frecuencia y en forma explícita. A nadie sorprendería.El problema se hace insostenible cuando esos vicios terminan gestando la norma y modelando las bases de sustentación de un modelo de sociedad.Todos sabemos que existen problemas de distribución del ingreso alarmantes y que la pobreza llama a gritos una asistencia inmediata. Pero la dificultad se hace aún más crítica cuando la solución se espera en formato de serie de cine o televisión.Quizás haya muchos que aplaudan cuando ven una reivindicación de la pobreza en la están. Y aún más son los que perciben como un acto de justicia cuando estruendosamente se expropian activos de aquellos “privilegiados” del sistema con la expectativa por demás optimista de que serán distribuidos entre los más desplazados.Más allá de lo confortable que puede ser estar, mate en mano, mirando la película de Robin Hood, como patrón de desarrollo difícilmente traiga consigo la posibilidad de que vastos sectores de la población puedan lograr mejores estándares de vida.Las dádivas con nombre de planes que por décadas conforma la matriz asistencial que una gran proporción de habitantes recibe, ofician de empujón de corto plazo. Esa contención de emergencia sostenida en el tiempo nunca logra sacarlos de su situación de marginalidad. Muy por el contrario, esas dádivas suelen perpetuar la miseria evitando que muchos de ellos generen sus propias herramientas de subsistencia.Resulta difícil pensar que existe una salida a los altos niveles de pobreza sin apelar a la generación genuina de riqueza social y al crecimiento sustentable del país. Eso necesariamente conlleva una imprescindible valoración del mérito. Ese es el sustrato esencial que aplaude lo que cada uno, desde el lugar que le toca, puede aportar. Es la contribución que la sociedad necesita masivamente para que una mayoría tenga la oportunidad de salir de la denigrante situación de marginalidad que hoy nos carcome como país.Primer acto: elogio a la pobreza.Segundo acto: depreciación del mérito.Tercer acto: denigración de la riqueza.El relato, sin duda, tiene el éxito garantizado. No conozco a nadie que no haya disfrutado de ver Robin Hood.El problema se hace crítico cuando perdemos de vista que el país necesita más que un relato porque está muy lejos de tener una vida de película.El autor es sociólogo

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