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Fito Páez en el Coliseo: un hombre, un piano y un viaje encantado a través de un universo de grandes canciones

La cuestión de ir a “evaluar” un concierto de Fito Páez, a esta altura de un partido que el músico rosarino viene jugando desde hace unos 30 años y que va ganando por goleada, tiene que ver, sobre todo, con dónde poner el ojo. O la oreja. O, mejor, el alma.
Es que poner en debate la destreza de Fito como pianista, el carácter imbatible de una buena parte de su repertorio, su condición vocal tantas veces vapuleada o su esponjosa capacidad para absorber cuanta influencia valioso tenga boyando cerca para ponerla al servicio de sus propios deseos e inspiración, definitivamente, atrasa. Fito es todo eso que fue forjando a lo largo de un tiempo que el rosarino no transcurrió en vano; al contrario, repasar su historia a través de su producción es una invitación a meterse en un work in progress que el artista deja expuesto en sus discos con inusitado desparpajo. Todo ahí; aciertos y errores, obviedades y exploraciones, moda y pueblo, belleza y barro, epifanías y oficio. La inexorable maduración de una idea que sigue encendida. Eso de la libertad.

Un hombre con un piano, es todo lo que propone Fito Páez en su serie de conciertos en el Coliseo. Ah, y un cancionero impecable. /Foto: Andrés D’Elia

Algo parecido a lo que Páez plantea en Un hombre con un piano, el ciclo de conciertos que inició el pasado jueves 11 de marzo, siguió este viernes 12 y repetirá pos próximos 17 y 18. Justo como para festejar los 58, que cumple este sábado 13, a sus anchas, como un guía de turismo que te lleva de viaje por ese universo construyó a lo largo de años y años, lleno de canciones. Y de emociones.De movida, juega con su piano a telón cerrado, a ser el conquistador de la atención de una sala cubierta a medias, por culpa de la maldita pandemia. Con notas sueltas o atadas, continuas, disruptivas… A veces, la soledad es la mejor compañera para jugar a ser libre y Fito hace valer su derecho a disfrutarla. De eso canta en La conquista del Espacio, con al que abre su itinerario musical.A solas con su instrumento de noble sonido sobre el escenario desierto del Coliseo, que suena impecable, 11 y 6 funciona casi como un karaoke. ¿Cuantas veces la cantamos? ¿Cuantas más lo vamos a volver a hacer? 

Como siempre, “11 y 6” convocó un ida y vuelta con el público. /Foto: Andrés D’Elia

Entonces, Rodolfo, que cada tanto deja caer un “viste” que te hace sentir su único interlocutor en un mano a mano de living, (te) cuenta que Las cosas tienen movimiento la había grabado para Giros, pero que no entró y que muchos años después Luis Alberto Spinetta le hizo ver que el tema no estaba nada mal.Sin embargo, lo importante aquí es que la cuenta da que cuando la escribió, Fito no tenia más que 21, que casi a esa misma edad Charly García grabó su Canción para mi muerte. Sólo que mientras una habla de seguir, siempre; la otra, en cambio, mira un poco más allá, como si resistir, en el fondo, no tuviera tanto sentido.La importancia del “camino” es un tema recurrente en el repertorio “paeziano”, que acá aparece con Eso que llevas ahí. “Canciones de liberación”, canta en el final, y como nada está tan librado al azar como parece en este recorrido, lo que sigue es una versión maravillosa de Desarma y sangra. Es más que un homenaje. Es otra cosa, más profunda. 

El músico propone una especie de diálogo 1 a 1, en su comunicación con quienes ocupan una sala, a medio llenar debido a las restricciones que imponen los protocolos sanitarios. /Foto: Andrés D’Elia

“Nuestra vida es un lecho de cristal, y esta vida…” Con solo recordar lo que está pasando allá fuera, ahora mismo, en nuestro Buenos Aires querido, uno se da cuenta de que sí, esta vida está hecha de cristal. Y hablando de la reina del Plata, Páez cuenta que un día paseaba por Londres, que se metió en una disquería y que se encontró con una obra de Astor Piazzolla que no conocía. También que Tanti Anni Prima fue parte de la banda sonora de la peli Enrico IV, de Marco Bellochio, y que él, con unos arreglos propios, la convirtió en Fuelle en sol, una canción que ahora canta, al mismo tiempo que sugiere que al genial músico marplatense no le habría gustado. Puede ser; pero lo que es aquí, encanta. En el sentido más amplio del verbo.Y de Piazzolla, Fito va a Gardel, con una respetuosa versión El día que me quieras, y de Gardel a su Nocturno en Sol, que conecta con el tango, con Cole Porter, con Chopin… Por eso, enseguida, El mundo cabe en una canción sabe a síntesis perfecta de lo que está pasando en el Coliseo. “Todas las músicas me hablan”, canta Páez. De eso se trata. Y él las traduce a su idioma. Menos I Contain Multitudes.Pensándolo bien, tal vez ni haga falta traducir a Bob Dylan.

De Fito a Piazzolla, de Piazzolla a Gardel, de Gardel a Chopin, de Chopin a Charly. El universo musical es un muestrario de influencias que el rosarino tomó y toma a favor de sus propias ideas. /Foto: Andrés D’Elia

Tumbas de la gloria y Maelström se conjugan como partes de una suite que requiere las virtudes del más pianista de los Fitos, en oposición a la intro que el más cantante de los Páez ensaya para Al lado del camino. De pronto, nos deja en silencio. Raro, sí; y bello. Dylan debería escuchar esta canción.Detrás del muro de los lamentos nos trae a la America de acá nomás. Por una vez en la noche, el anfitrión suelta las riendas que mantuvieron las palmas del público en calma durante casi todo el trayecto ya recorrido. Que no está mal ser un poco tirano, de vez en cuando. Y de Lima, vuelo directo a nuestra Ciudad de pobres corazones, en un plan pianísitico que no le quita densidad. Estamos en casa, de regreso.Pero antes de salir a las calles de esta puta ciudad, y después de arengar eso de “dale alegría a mi corazón”, el rosarino canta a capella Yo vengo a ofrecer mi corazón. Una vez más, como desde que alguna vez en La Trastienda pidió el silencio más hondo para “un experimento”. “Escuchen, que les va a gustar”, dijo aquella vez. Y la experiencia se transformó en ritual. 

Fito Páez y su piano: el hombre que sigue ayer ponía las canciones en los walkman de multitudes y hoy lo sigue haciendo en sus listas de Spotify. /Foto: Andrés D’Elia

Después, la casa por la ventana: La canción de las bestias, Brillante sobre el mic, Mariposa Tecknicolor y una coda de El amor después del amor que se canta de parado y a los gritos. Que un tapabocas no es una mordaza, y nunca está de más recordar que “nadie debe vivir sin amor”.

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E.S.

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Fito PáezTeatro ColiseoRockBob Dylan

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