Categories
new york times international weekly

La amenaza creciente que enfrenta el periodismo en todo el mundo

Por A.G. Sulzberger Nuestra misión en The New York Times es buscar la verdad y ayudar a la gente a entender el mundo. Esto adopta muchas formas, desde las investigaciones acerca de abuso sexual que ayudaron a iniciar el movimiento internacional #MeToo hasta reportajes de expertos que revelan cómo la tecnología está transformando todas las facetas de la vida moderna, además de comentarios relevantes y contundentes sobre la cultura, como cuando afirmamos que “el Aperol spritz no es una buena bebida”. Sin embargo, en un momento en el que el aumento del nacionalismo está provocando que la gente solo se enfoque en su propio país, uno de los trabajos más importantes de The Times es destacar lo que hay allá afuera. The Times tiene el privilegio de ser una de las pocas organizaciones noticiosas que cuenta con los recursos para dar cobertura a todas las complejidades del mundo. Eso implica la responsabilidad de ir hasta donde se encuentran las historias, sin importar el peligro ni las dificultades. Todos los años, enviamos a nuestros reporteros a más de 160 países. Estamos en Irak y Afganistán, dando cobertura a la violencia y la inestabilidad provocadas por décadas de guerra. Estamos en Venezuela y Yemen, escribiendo reportajes sobre cómo la corrupción y los conflictos han provocado hambrunas masivas. Estamos en Birmania y en China, evadiendo los controles del gobierno para investigar la persecución sistemática de los rohinyás y los uigures. Estas misiones conllevan riesgos importantes. En años recientes, mis colegas han sufrido lesiones provocadas por minas terrestres, autos bomba y accidentes en helicóptero. Los han golpeado pandillas, los han secuestrado terroristas y los han encarcelado gobiernos represores. Cuando los militantes atacaron el centro comercial de Nairobi, se podía distinguir a nuestro periodista entre la multitud porque era el único que corría hacia donde estaban disparando. Después de haber dado cobertura a conflictos desde la guerra de Secesión, hemos aprendido mediante la experiencia cómo apoyar y proteger a nuestros periodistas en el campo de batalla. Todos los años, el presupuesto de la sala de redacción incluye financiamiento para chalecos antibalas, trajes de protección química y autos blindados. Establecemos planes detallados de seguridad para las misiones de alto riesgo, y nuestros periodistas se preparan de manera obsesiva. C.J. Chivers, un exsoldado de la infantería de marina de Estados Unidos que pasó años en The Times como corresponsal de guerra, se entrenó para poder cargar a su fotógrafo con el fin de llevarlo hasta un lugar seguro en caso de que le dispararan o recibiera impactos de fragmentos de bomba. A los que dirigimos The Times nos resulta difícil no preocuparnos, pues sabemos que hay colegas nuestros en lugares donde se libran guerras, se propagan enfermedades y se deteriora la situación. Pero desde hace mucho nos ha reconfortado saber que, además de toda nuestra preparación y nuestras propias salvaguardas, siempre ha habido otra red esencial de seguridad: el gobierno de Estados Unidos, el mayor defensor de la libertad de prensa en el mundo. Sin embargo, a lo largo de los últimos años, algo ha cambiado drásticamente. En todo el mundo, se está realizando una campaña incansable contra los periodistas debido al papel fundamental que desempeñan para asegurar que existan sociedades libres e informadas. Para evitar que los periodistas expongan verdades incómodas y provoquen que las personas poderosas rindan cuentas, cada vez más gobiernos han llevado a cabo esfuerzos explícitos, y a veces violentos, con el fin de desacreditar su trabajo y silenciarlos mediante intimidaciones. Es un ataque internacional contra los periodistas y el periodismo. Sin embargo, lo más importante es que también se trata de un ataque contra el derecho de la gente a saber, contra los valores democráticos esenciales, contra el concepto de la verdad. Quizá lo más inquietante es que las semillas de esta campaña se plantaron aquí mismo, en un país que desde hace mucho se ha enorgullecido de ser el defensor más tenaz de la libertad de expresión y de prensa. Comencemos afirmando lo evidente: los medios no son perfectos. Cometemos errores. Tenemos puntos ciegos. A veces enloquecemos a la gente. Sin embargo, la prensa libre es parte fundamental de una democracia sana y se podría argumentar que es la herramienta más importante que tenemos como ciudadanos. Empodera a la sociedad proporcionando la información necesaria para elegir a sus líderes y vigilándolos continuamente para que sean honestos. Atestigua nuestros momentos trágicos y triunfales, y proporciona la base compartida de hechos comunes e información que une a las comunidades. Les da voz a las personas que están en desventaja y va incansablemente tras la verdad para exponer los actos indebidos e impulsar el cambio. También se encuentra bajo una gran presión creciente. Durante las dos décadas transcurridas desde que comencé a trabajar en The Providence Journal, escribiendo sobre la vida cotidiana en la pequeña ciudad de Narragansett, la prensa ha enfrentado una serie de desafíos existenciales en cadena. Colapsó el modelo de negocios basado en anuncios publicitarios que sostenía al periodismo, lo cual provocó la pérdida de más de la mitad de los empleos de periodismo del país. Google y Facebook se convirtieron en los distribuidores de noticias e información más poderosos en la historia de la humanidad y, mientras tanto, desataron accidentalmente una ráfaga histórica de desinformación. Además, un torrente en aumento de iniciativas legales —desde el enjuiciamiento de informantes hasta las demandas por difamación— se propone debilitar salvaguardas que desde hace mucho han protegido a los periodistas y sus fuentes.En todo el mundo, la amenaza que enfrentan los periodistas es mucho más visceral. Para los periodistas, el año pasado fue el más peligroso que se ha registrado, ya que decenas fueron asesinados, cientos encarcelados y miles acosados y amenazados. Entre ellos estuvieron Jamal Khashoggi, quien fue asesinado y desmembrado por asesinos sauditas, y Maksim Borodin, un periodista ruso que murió después de caer del balcón de su departamento tras revelar los operativos encubiertos del Kremlin en Siria.Comencemos afirmando lo evidente: los medios no son perfectos. Cometemos errores. Tenemos puntos ciegos. A veces enloquecemos a la gente. Este arduo trabajo periodístico ha conllevado riesgos desde hace tiempo, sobre todo en países que no cuentan con salvaguardas democráticas. Sin embargo, lo que es distinto hoy en día son las represiones brutales que se aceptan con pasividad y quizá incluso son fomentadas de manera tácita por el presidente de Estados Unidos. Los líderes de este país han entendido desde hace mucho que la prensa es una de las mejores exportaciones de Estados Unidos. Claro, se quejaban de nuestra cobertura y se enfurecían por los secretos que revelábamos. Pero aun si cambiaban las políticas internas y externas, seguía en vigor el compromiso básico con la protección de los periodistas y sus derechos. Cuando cuatro de nuestros periodistas fueron golpeados y detenidos como rehenes por las fuerzas militares libias, el Departamento de Estado desempeñó un papel crítico para conseguir su liberación. Intervenciones como esta a menudo estuvieron acompañadas de un recordatorio contundente dirigido al gobierno ofensor de que Estados Unidos defiende a sus periodistas. No obstante, el gobierno actual ha dejado de lado el papel histórico de nuestro país como defensor de la prensa libre. Ante esta nueva postura, otros países ahora atacan a los periodistas dada la sensación creciente de impunidad. Este no solo es un problema para los reporteros, sino para todos, porque así es como los líderes autoritarios sepultan información esencial, ocultan la corrupción e incluso justifican el genocidio. Como lo advirtió alguna vez el senador John McCain: “Si observamos la historia, lo primero que hacen los dictadores es reprimir a la prensa”. Para que se den una idea de cómo vivimos ese retroceso en nuestro trabajo diario, permítanme contarles una historia que jamás he relatado en público. Hace dos años, recibimos una llamada de un funcionario del gobierno de Estados Unidos que nos advirtió sobre el arresto inminente de un reportero de The New York Times que vive en Egipto llamado Declan Walsh. Aunque la noticia era alarmante, la llamada en realidad era bastante común. A lo largo de los años, hemos recibido un sinfín de alertas de diplomáticos, líderes militares y funcionarios de seguridad nacional estadounidenses. Sin embargo, esa llamada dio un giro sorprendente y angustiante. Nos enteramos de que el funcionario estaba comunicando la situación sin que lo supiera el gobierno de Trump y sin su permiso. Según lo creía el funcionario, en vez de tratar de detener al gobierno egipcio o de auxiliar al reportero, el gobierno de Trump planeaba no hacer nada al respecto y dejar que se llevara a cabo el arresto. El funcionario temía que lo castigaran tan solo por habernos avisado sobre el asunto. Puesto que no podíamos contar con nuestro propio gobierno para evitar el arresto o para que nos ayudara a liberar a Declan en caso de que lo encarcelaran, recurrimos a su país de origen, Irlanda, en busca de apoyo. En cuestión de una hora, diplomáticos irlandeses fueron a su casa y lo escoltaron de manera segura hasta el aeropuerto antes de que las fuerzas egipcias pudieran detenerlo. No queremos imaginar qué habría pasado si ese valiente funcionario no hubiera arriesgado su carrera para avisarnos sobre esa amenaza. Dieciocho meses después, David Kirkpatrick, otro de nuestros periodistas, llegó a Egipto y fue detenido y deportado, al parecer como represalia por haber revelado información que le resultaba vergonzosa al gobierno egipcio. Cuando nos manifestamos en contra de esta decisión, un funcionario de alto nivel de la Embajada de Estados Unidos en El Cairo expresó abiertamente la cosmovisión cínica detrás de la tolerancia del gobierno de Trump a ese tipo de represiones. “¿Qué esperaban que ocurriera?”, comentó. “Su reportaje afectó la imagen del gobierno”. Desde que asumió el cargo, el presidente Trump ha publicado tuits sobre “fake news” casi 600 veces. Sus blancos más frecuentes son organizaciones noticiosas independientes que están muy comprometidas con informar de manera justa y precisa. Para ser totalmente claros, se vale criticar a The Times y a las demás organizaciones noticiosas. El periodismo es una actividad humana, y a veces cometemos errores. Sin embargo, también tratamos de reconocer nuestros desatinos para corregirlos y recuperar el camino todos los días hacia los estándares periodísticos más altos. No obstante, cuando el presidente denuncia las “fake news, no se refiere a los errores de la prensa. Está tratando de deslegitimar las verdaderas noticias desestimando reportajes justos y objetivos como fabricaciones motivadas. De esta forma, cuando The Times reveló las prácticas financieras fraudulentas de su familia, cuando The Wall Street Journal expuso que le pagó a una estrella porno para que no hablara, cuando The Washington Post informó sobre la manera en que su fundación personal se beneficia del gobierno, pudo evadir su responsabilidad tan solo etiquetando la información como “noticias falsas”. Aunque se ha confirmado la veracidad de todos esos artículos —y de un sinfín más que ha tachado de falsos—, hay pruebas de que sus ataques están surtiendo el efecto deseado: una encuesta reciente halló que el 82 por ciento de los republicanos ahora confía más en el presidente Trump que en los medios. Uno de los simpatizantes del presidente fue sentenciado por haber enviado explosivos a CNN, organización a la que el presidente acusa con más frecuencia de publicar “noticias falsas”. Sin embargo, al atacar a los medios estadounidenses, el presidente Trump ha hecho más que socavar la fe de sus propios ciudadanos en las organizaciones noticiosas que intentan hacer que rinda cuentas. En la práctica, les ha dado permiso a los líderes extranjeros de hacer lo mismo con los periodistas de sus países e incluso les ha proporcionado el vocabulario con el cual hacerlo. Ávidamente han adoptado este enfoque. Mis colegas y yo hace poco investigamos la propagación de la frase “noticias falsas”, y lo que hallamos es muy alarmante: en los últimos años, más de 50 primeros ministros, presidentes y otros líderes de gobierno en los cinco continentes han utilizado ese término para justificar distintos niveles de actividades en contra de la prensa. El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, y el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, han utilizado la frase y han impuesto multas gigantescas para forzar la venta de organizaciones noticiosas independientes a medios leales al gobierno. También la han usado el presidente Nicolás Maduro en Venezuela y el presidente Rodrigo Duterte en Filipinas, quienes han atacado a la prensa mientras encabezan represiones sangrientas. En Birmania, la frase se usa para negar la existencia de todo un pueblo que es violentado sistemáticamente para obligarlo a salir del país. “Los rohinyás no existen”, le dijo un líder de Birmania a The Times. “Son noticias falsas”. La frase también se ha utilizado para encarcelar a periodistas en Camerún, reprimir artículos sobre corrupción en Malawi, justificar el apagón de las redes sociales en Chad y para evitar que operen organizaciones noticiosas extranjeras en Burundi. La han usado los líderes de nuestros aliados de siempre, como México e Israel. La han aprovechado nuestros rivales de toda la vida, como Irán, Rusia y China. La han pronunciado líderes liberales, como el primer ministro irlandés, Leo Varadkar. La han usado líderes de derecha, como el presidente brasileño Jair Bolsonaro. Al lado del presidente Bolsonaro en el Jardín de las Rosas, el presidente Trump dijo: “Estoy muy orgulloso de escuchar que el presidente use el término ‘noticias falsas’”. Nuestros corresponsales extranjeros han vivido de primera mano cómo la acusación de dar “noticias falsas” se ha usado como un arma. El año pasado, Hannah Beech, que da cobertura al sureste de Asia, asistió a un discurso que ofreció Hun Sen, el primer ministro de Camboya. En medio de sus comentarios, Hun Sen pronunció una sola frase en inglés: “The New York Times”. Dijo que The Times estaba tan sesgado que el presidente Trump le había dado el premio a las ‘noticias falsas’, y nos amenazó diciendo que, si nuestro artículo no apoyaba su versión de la verdad, habría consecuencias. Hannah sintió la hostilidad creciente de la multitud de miles de personas mientras el primer ministro la buscaba entre la gente para advertirle: “El pueblo camboyano recordará sus rostros”. Le he planteado estas preocupaciones al presidente Trump. Le he dicho que estos esfuerzos por atacar y reprimir el periodismo independiente es lo que Estados Unidos ahora inspira en el extranjero. Aunque escuchó amablemente y expresó preocupación, ha seguido aumentando la intensidad de su retórica en contra de la prensa, la cual ha alcanzado nuevos niveles mientras lleva a cabo su campaña para obtener la reelección. El presidente Trump ya no se conforma con deslegitimar los reportajes veraces calificándolos como “noticias falsas”. Ahora ha adoptado la costumbre de satanizar a los reporteros, llamándolos “el verdadero enemigo del pueblo” e incluso acusándolos de traición. Con estas frases, no solo ha inspirado a gobernantes autócratas en todo el mundo, sino también copiado sus ataques. La frase “enemigos del pueblo” tiene una historia particularmente brutal. Se usó para justificar las ejecuciones masivas durante la Revolución francesa y el Tercer Reich. También la usaron Lenin y Stalin para justificar el asesinato sistemático de disidentes soviéticos. La acusación de traición quizá sea la más seria que puede hacer un comandante en jefe. Al amenazar con procesar a los periodistas por delitos inventados en contra de su país, el presidente Trump les da a los líderes represores una autorización implícita para hacer lo mismo. En Estados Unidos, la Constitución, el Estado de derecho y los medios noticiosos, todavía fuertes, fungen como organismos de control. Sin embargo, en otros países, los líderes extranjeros pueden silenciar a los periodistas con una eficacia alarmante. Nick Casey, un reportero de The Times que en repetidas ocasiones fue amenazado y terminó por ser vetado de Venezuela por realizar reportajes incisivos acerca del régimen brutal de Maduro, enfatizó lo graves que pueden ser las consecuencias para los periodistas locales. “Si esto es lo que son capaces de hacerme los gobiernos a mí como reportero de The Times, ¿qué no serán capaces de hacerles a sus propios ciudadanos?”, preguntó. “Cosas mucho peores, y he sido testigo de ellas”. En tanto nos preocupamos de los peligros que enfrentan nuestros propios reporteros, esos riesgos generalmente resultan nimios si se comparan con lo que enfrentan los valientes periodistas locales de todo el mundo. Buscan la verdad e informan sobre lo que encuentran, sabiendo que ellos y sus seres queridos pueden ser objeto de multas, arrestos, golpizas, torturas, violaciones y asesinatos. Esos reporteros son los soldados de primera línea en la batalla a favor de la libertad de prensa y pagan el precio más alto por la retórica en contra de la prensa del presidente Trump. Los casos de intimidación y violencia de los que he hablado hoy son tan solo algunos de los que sabemos. Todos los días se están viviendo historias similares en todo el mundo, muchas de las cuales jamás saldrán a la luz ni se registrarán. En muchos lugares, hay un miedo tan grande a las represalias que se ha desatado un efecto paralizante: los artículos no se publican; los secretos permanecen ocultos; los actos indebidos siguen encubiertos. Este es un momento peligroso para el periodismo, para la libertad de expresión y para la sociedad informada. Pero los momentos y los lugares en que es más difícil y arriesgado ser periodista son los momentos y los lugares que más necesitan del periodismo. Un recorrido por la historia de nuestra nación nos recuerda que el papel de la prensa libre ha sido uno de los pocos rubros de consenso perdurable que han trascendido a los partidos y las ideologías durante generaciones. Thomas Jefferson escribió que “la única seguridad que tenemos es la prensa libre”. John F. Kennedy dijo que la prensa libre era “invaluable” porque “sin debate, sin críticas, ningún gobierno ni ningún país puede progresar, y ninguna república puede sobrevivir”. Ronald Reagan fue incluso más allá, pues dijo: “No hay ingrediente más esencial que una prensa libre, sólida e independiente para nuestro éxito continuo en lo que describían los Padres Fundadores como nuestro ‘experimento noble’ de autogobierno”. A pesar de esta tradición de presidentes estadounidenses que defendían la prensa libre, no creo que el presidente Trump tenga ninguna intención de cambiar de actitud ni de poner un alto a sus ataques contra los periodistas. Si hay algo que nos enseña la historia reciente, es que el presidente quizá señalará mis comentarios de hoy y afirmará que The Times pretende llevar a cabo una venganza personal en su contra. Para ser claro, no estoy cuestionando la imprudencia del presidente debido a su partido, a su ideología ni a sus críticas a The Times. Estoy sonando la alarma porque sus palabras son peligrosas y tienen consecuencias de verdad en todo el mundo. Sin embargo, aunque el presidente ignore esta alerta y siga por el mismo camino, hay medidas importantes que podemos tomar el resto de nosotros con el fin de proteger la prensa libre y apoyar a quienes dedican sus vidas a buscar la verdad en todo el planeta. Todo comienza entendiendo lo que está en juego. La Primera Enmienda ha servido como estándar de oro en todo el mundo para la libertad de expresión y de prensa durante dos siglos. Ha sido una de las claves para un florecimiento sin precedentes de la libertad y la prosperidad en este país y, mediante su ejemplo, en todo el planeta. No podemos permitir que se establezca un nuevo marco global similar al modelo represor adoptado en China, Rusia y otros países. Ante la presión cada vez más grande, esto significa que las organizaciones noticiosas deben aferrarse a los valores del gran periodismo —la imparcialidad, la veracidad, la independencia— y abrirse para que la sociedad pueda entender mejor su trabajo y su papel en la sociedad. Debemos seguir informando sobre los sucesos relevantes, sin importar si son tendencia en Twitter. No podemos permitir que nos convenzan mediante halagos o aplausos de convertirnos en la oposición o el respaldo de nadie. Debemos ser leales con los hechos, no con ningún partido ni ningún líder, y debemos seguir la verdad hasta donde llegue, sin temor ni favoritismos. No obstante, la responsabilidad de defender la prensa libre va más allá de las organizaciones noticiosas. Las comunidades académicas, empresariales y de organizaciones sin fines de lucro, que dependen del flujo libre y confiable de noticias e información, tienen la responsabilidad de oponerse a esta campaña también. Eso es particularmente cierto cuando hablamos de gigantes tecnológicos como Facebook, Twitter, Google y Apple. Su historial de oponerse a los gobiernos extranjeros es irregular en el mejor de los casos; a menudo han ignorado la desinformación y a veces han permitido la eliminación del periodismo auténtico. Sin embargo, en vista de que incursionan cada vez más en la creación, la distribución y los encargos periodísticos, también tienen la responsabilidad de empezar a defender el periodismo. Nuestros líderes políticos también deben participar. Quienes fueron electos para defender nuestra Constitución traicionan sus ideales cuando socavan la prensa libre a favor de ganancias políticas a corto plazo. Los líderes de ambos partidos deben apoyar el periodismo independiente y combatir las iniciativas en contra de la prensa en el país y en el extranjero. Aquí en Estados Unidos eso implica rechazar esfuerzos como las demandas e investigaciones frívolas que van tras las filtraciones gubernamentales con el fin de sofocar los reportajes agresivos. Y en todo el mundo eso significa oponerse al sinfín de iniciativas que tienen como objetivo atacar, intimidar y deslegitimar a los periodistas. Finalmente, ningunos de estos esfuerzos hará una diferencia a menos que alcemos la voz. Debemos empezar a estar atentos a la procedencia de las noticias que leemos o escuchamos y a cómo se crean. Hay que encontrar organizaciones noticiosas en las que confiemos e impulsar el trabajo arduo y costoso de los reportajes originales adquiriendo una suscripción. Tenemos que apoyar a organizaciones como el Comité para la Protección de los Periodistas y Reporteros sin Fronteras, que defienden a los periodistas en riesgo de todo el mundo. Más que nada, debemos apartarle un espacio al periodismo en nuestra vida cotidiana y aprovechar la información que obtenemos para marcar la diferencia. El verdadero poder de una prensa libre es una ciudadanía informada y comprometida. Creo en el periodismo independiente y quiero que prospere. Creo en este país y en sus valores, y quiero que los honremos y los ofrezcamos como modelo para un mundo más libre y justo. Estados Unidos ha hecho más que cualquier otro país por popularizar la idea de la libre expresión y defender los derechos de la prensa libre. Ha llegado el momento de volver a luchar por esos ideales.(A.G. Sulzberger es el editor de The New York Times).c.2019 The New York Times Company​

Fuente

Categories
new york times international weekly

La amenaza creciente que enfrenta el periodismo en todo el mundo

Por A.G. Sulzberger Nuestra misión en The New York Times es buscar la verdad y ayudar a la gente a entender el mundo. Esto adopta muchas formas, desde las investigaciones acerca de abuso sexual que ayudaron a iniciar el movimiento internacional #MeToo hasta reportajes de expertos que revelan cómo la tecnología está transformando todas las facetas de la vida moderna, además de comentarios relevantes y contundentes sobre la cultura, como cuando afirmamos que “el Aperol spritz no es una buena bebida”. Sin embargo, en un momento en el que el aumento del nacionalismo está provocando que la gente solo se enfoque en su propio país, uno de los trabajos más importantes de The Times es destacar lo que hay allá afuera. The Times tiene el privilegio de ser una de las pocas organizaciones noticiosas que cuenta con los recursos para dar cobertura a todas las complejidades del mundo. Eso implica la responsabilidad de ir hasta donde se encuentran las historias, sin importar el peligro ni las dificultades. Todos los años, enviamos a nuestros reporteros a más de 160 países. Estamos en Irak y Afganistán, dando cobertura a la violencia y la inestabilidad provocadas por décadas de guerra. Estamos en Venezuela y Yemen, escribiendo reportajes sobre cómo la corrupción y los conflictos han provocado hambrunas masivas. Estamos en Birmania y en China, evadiendo los controles del gobierno para investigar la persecución sistemática de los rohinyás y los uigures. Estas misiones conllevan riesgos importantes. En años recientes, mis colegas han sufrido lesiones provocadas por minas terrestres, autos bomba y accidentes en helicóptero. Los han golpeado pandillas, los han secuestrado terroristas y los han encarcelado gobiernos represores. Cuando los militantes atacaron el centro comercial de Nairobi, se podía distinguir a nuestro periodista entre la multitud porque era el único que corría hacia donde estaban disparando. Después de haber dado cobertura a conflictos desde la guerra de Secesión, hemos aprendido mediante la experiencia cómo apoyar y proteger a nuestros periodistas en el campo de batalla. Todos los años, el presupuesto de la sala de redacción incluye financiamiento para chalecos antibalas, trajes de protección química y autos blindados. Establecemos planes detallados de seguridad para las misiones de alto riesgo, y nuestros periodistas se preparan de manera obsesiva. C.J. Chivers, un exsoldado de la infantería de marina de Estados Unidos que pasó años en The Times como corresponsal de guerra, se entrenó para poder cargar a su fotógrafo con el fin de llevarlo hasta un lugar seguro en caso de que le dispararan o recibiera impactos de fragmentos de bomba. A los que dirigimos The Times nos resulta difícil no preocuparnos, pues sabemos que hay colegas nuestros en lugares donde se libran guerras, se propagan enfermedades y se deteriora la situación. Pero desde hace mucho nos ha reconfortado saber que, además de toda nuestra preparación y nuestras propias salvaguardas, siempre ha habido otra red esencial de seguridad: el gobierno de Estados Unidos, el mayor defensor de la libertad de prensa en el mundo. Sin embargo, a lo largo de los últimos años, algo ha cambiado drásticamente. En todo el mundo, se está realizando una campaña incansable contra los periodistas debido al papel fundamental que desempeñan para asegurar que existan sociedades libres e informadas. Para evitar que los periodistas expongan verdades incómodas y provoquen que las personas poderosas rindan cuentas, cada vez más gobiernos han llevado a cabo esfuerzos explícitos, y a veces violentos, con el fin de desacreditar su trabajo y silenciarlos mediante intimidaciones. Es un ataque internacional contra los periodistas y el periodismo. Sin embargo, lo más importante es que también se trata de un ataque contra el derecho de la gente a saber, contra los valores democráticos esenciales, contra el concepto de la verdad. Quizá lo más inquietante es que las semillas de esta campaña se plantaron aquí mismo, en un país que desde hace mucho se ha enorgullecido de ser el defensor más tenaz de la libertad de expresión y de prensa. Comencemos afirmando lo evidente: los medios no son perfectos. Cometemos errores. Tenemos puntos ciegos. A veces enloquecemos a la gente. Sin embargo, la prensa libre es parte fundamental de una democracia sana y se podría argumentar que es la herramienta más importante que tenemos como ciudadanos. Empodera a la sociedad proporcionando la información necesaria para elegir a sus líderes y vigilándolos continuamente para que sean honestos. Atestigua nuestros momentos trágicos y triunfales, y proporciona la base compartida de hechos comunes e información que une a las comunidades. Les da voz a las personas que están en desventaja y va incansablemente tras la verdad para exponer los actos indebidos e impulsar el cambio. También se encuentra bajo una gran presión creciente. Durante las dos décadas transcurridas desde que comencé a trabajar en The Providence Journal, escribiendo sobre la vida cotidiana en la pequeña ciudad de Narragansett, la prensa ha enfrentado una serie de desafíos existenciales en cadena. Colapsó el modelo de negocios basado en anuncios publicitarios que sostenía al periodismo, lo cual provocó la pérdida de más de la mitad de los empleos de periodismo del país. Google y Facebook se convirtieron en los distribuidores de noticias e información más poderosos en la historia de la humanidad y, mientras tanto, desataron accidentalmente una ráfaga histórica de desinformación. Además, un torrente en aumento de iniciativas legales —desde el enjuiciamiento de informantes hasta las demandas por difamación— se propone debilitar salvaguardas que desde hace mucho han protegido a los periodistas y sus fuentes.En todo el mundo, la amenaza que enfrentan los periodistas es mucho más visceral. Para los periodistas, el año pasado fue el más peligroso que se ha registrado, ya que decenas fueron asesinados, cientos encarcelados y miles acosados y amenazados. Entre ellos estuvieron Jamal Khashoggi, quien fue asesinado y desmembrado por asesinos sauditas, y Maksim Borodin, un periodista ruso que murió después de caer del balcón de su departamento tras revelar los operativos encubiertos del Kremlin en Siria.Comencemos afirmando lo evidente: los medios no son perfectos. Cometemos errores. Tenemos puntos ciegos. A veces enloquecemos a la gente. Este arduo trabajo periodístico ha conllevado riesgos desde hace tiempo, sobre todo en países que no cuentan con salvaguardas democráticas. Sin embargo, lo que es distinto hoy en día son las represiones brutales que se aceptan con pasividad y quizá incluso son fomentadas de manera tácita por el presidente de Estados Unidos. Los líderes de este país han entendido desde hace mucho que la prensa es una de las mejores exportaciones de Estados Unidos. Claro, se quejaban de nuestra cobertura y se enfurecían por los secretos que revelábamos. Pero aun si cambiaban las políticas internas y externas, seguía en vigor el compromiso básico con la protección de los periodistas y sus derechos. Cuando cuatro de nuestros periodistas fueron golpeados y detenidos como rehenes por las fuerzas militares libias, el Departamento de Estado desempeñó un papel crítico para conseguir su liberación. Intervenciones como esta a menudo estuvieron acompañadas de un recordatorio contundente dirigido al gobierno ofensor de que Estados Unidos defiende a sus periodistas. No obstante, el gobierno actual ha dejado de lado el papel histórico de nuestro país como defensor de la prensa libre. Ante esta nueva postura, otros países ahora atacan a los periodistas dada la sensación creciente de impunidad. Este no solo es un problema para los reporteros, sino para todos, porque así es como los líderes autoritarios sepultan información esencial, ocultan la corrupción e incluso justifican el genocidio. Como lo advirtió alguna vez el senador John McCain: “Si observamos la historia, lo primero que hacen los dictadores es reprimir a la prensa”. Para que se den una idea de cómo vivimos ese retroceso en nuestro trabajo diario, permítanme contarles una historia que jamás he relatado en público. Hace dos años, recibimos una llamada de un funcionario del gobierno de Estados Unidos que nos advirtió sobre el arresto inminente de un reportero de The New York Times que vive en Egipto llamado Declan Walsh. Aunque la noticia era alarmante, la llamada en realidad era bastante común. A lo largo de los años, hemos recibido un sinfín de alertas de diplomáticos, líderes militares y funcionarios de seguridad nacional estadounidenses. Sin embargo, esa llamada dio un giro sorprendente y angustiante. Nos enteramos de que el funcionario estaba comunicando la situación sin que lo supiera el gobierno de Trump y sin su permiso. Según lo creía el funcionario, en vez de tratar de detener al gobierno egipcio o de auxiliar al reportero, el gobierno de Trump planeaba no hacer nada al respecto y dejar que se llevara a cabo el arresto. El funcionario temía que lo castigaran tan solo por habernos avisado sobre el asunto. Puesto que no podíamos contar con nuestro propio gobierno para evitar el arresto o para que nos ayudara a liberar a Declan en caso de que lo encarcelaran, recurrimos a su país de origen, Irlanda, en busca de apoyo. En cuestión de una hora, diplomáticos irlandeses fueron a su casa y lo escoltaron de manera segura hasta el aeropuerto antes de que las fuerzas egipcias pudieran detenerlo. No queremos imaginar qué habría pasado si ese valiente funcionario no hubiera arriesgado su carrera para avisarnos sobre esa amenaza. Dieciocho meses después, David Kirkpatrick, otro de nuestros periodistas, llegó a Egipto y fue detenido y deportado, al parecer como represalia por haber revelado información que le resultaba vergonzosa al gobierno egipcio. Cuando nos manifestamos en contra de esta decisión, un funcionario de alto nivel de la Embajada de Estados Unidos en El Cairo expresó abiertamente la cosmovisión cínica detrás de la tolerancia del gobierno de Trump a ese tipo de represiones. “¿Qué esperaban que ocurriera?”, comentó. “Su reportaje afectó la imagen del gobierno”. Desde que asumió el cargo, el presidente Trump ha publicado tuits sobre “fake news” casi 600 veces. Sus blancos más frecuentes son organizaciones noticiosas independientes que están muy comprometidas con informar de manera justa y precisa. Para ser totalmente claros, se vale criticar a The Times y a las demás organizaciones noticiosas. El periodismo es una actividad humana, y a veces cometemos errores. Sin embargo, también tratamos de reconocer nuestros desatinos para corregirlos y recuperar el camino todos los días hacia los estándares periodísticos más altos. No obstante, cuando el presidente denuncia las “fake news, no se refiere a los errores de la prensa. Está tratando de deslegitimar las verdaderas noticias desestimando reportajes justos y objetivos como fabricaciones motivadas. De esta forma, cuando The Times reveló las prácticas financieras fraudulentas de su familia, cuando The Wall Street Journal expuso que le pagó a una estrella porno para que no hablara, cuando The Washington Post informó sobre la manera en que su fundación personal se beneficia del gobierno, pudo evadir su responsabilidad tan solo etiquetando la información como “noticias falsas”. Aunque se ha confirmado la veracidad de todos esos artículos —y de un sinfín más que ha tachado de falsos—, hay pruebas de que sus ataques están surtiendo el efecto deseado: una encuesta reciente halló que el 82 por ciento de los republicanos ahora confía más en el presidente Trump que en los medios. Uno de los simpatizantes del presidente fue sentenciado por haber enviado explosivos a CNN, organización a la que el presidente acusa con más frecuencia de publicar “noticias falsas”. Sin embargo, al atacar a los medios estadounidenses, el presidente Trump ha hecho más que socavar la fe de sus propios ciudadanos en las organizaciones noticiosas que intentan hacer que rinda cuentas. En la práctica, les ha dado permiso a los líderes extranjeros de hacer lo mismo con los periodistas de sus países e incluso les ha proporcionado el vocabulario con el cual hacerlo. Ávidamente han adoptado este enfoque. Mis colegas y yo hace poco investigamos la propagación de la frase “noticias falsas”, y lo que hallamos es muy alarmante: en los últimos años, más de 50 primeros ministros, presidentes y otros líderes de gobierno en los cinco continentes han utilizado ese término para justificar distintos niveles de actividades en contra de la prensa. El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, y el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, han utilizado la frase y han impuesto multas gigantescas para forzar la venta de organizaciones noticiosas independientes a medios leales al gobierno. También la han usado el presidente Nicolás Maduro en Venezuela y el presidente Rodrigo Duterte en Filipinas, quienes han atacado a la prensa mientras encabezan represiones sangrientas. En Birmania, la frase se usa para negar la existencia de todo un pueblo que es violentado sistemáticamente para obligarlo a salir del país. “Los rohinyás no existen”, le dijo un líder de Birmania a The Times. “Son noticias falsas”. La frase también se ha utilizado para encarcelar a periodistas en Camerún, reprimir artículos sobre corrupción en Malawi, justificar el apagón de las redes sociales en Chad y para evitar que operen organizaciones noticiosas extranjeras en Burundi. La han usado los líderes de nuestros aliados de siempre, como México e Israel. La han aprovechado nuestros rivales de toda la vida, como Irán, Rusia y China. La han pronunciado líderes liberales, como el primer ministro irlandés, Leo Varadkar. La han usado líderes de derecha, como el presidente brasileño Jair Bolsonaro. Al lado del presidente Bolsonaro en el Jardín de las Rosas, el presidente Trump dijo: “Estoy muy orgulloso de escuchar que el presidente use el término ‘noticias falsas’”. Nuestros corresponsales extranjeros han vivido de primera mano cómo la acusación de dar “noticias falsas” se ha usado como un arma. El año pasado, Hannah Beech, que da cobertura al sureste de Asia, asistió a un discurso que ofreció Hun Sen, el primer ministro de Camboya. En medio de sus comentarios, Hun Sen pronunció una sola frase en inglés: “The New York Times”. Dijo que The Times estaba tan sesgado que el presidente Trump le había dado el premio a las ‘noticias falsas’, y nos amenazó diciendo que, si nuestro artículo no apoyaba su versión de la verdad, habría consecuencias. Hannah sintió la hostilidad creciente de la multitud de miles de personas mientras el primer ministro la buscaba entre la gente para advertirle: “El pueblo camboyano recordará sus rostros”. Le he planteado estas preocupaciones al presidente Trump. Le he dicho que estos esfuerzos por atacar y reprimir el periodismo independiente es lo que Estados Unidos ahora inspira en el extranjero. Aunque escuchó amablemente y expresó preocupación, ha seguido aumentando la intensidad de su retórica en contra de la prensa, la cual ha alcanzado nuevos niveles mientras lleva a cabo su campaña para obtener la reelección. El presidente Trump ya no se conforma con deslegitimar los reportajes veraces calificándolos como “noticias falsas”. Ahora ha adoptado la costumbre de satanizar a los reporteros, llamándolos “el verdadero enemigo del pueblo” e incluso acusándolos de traición. Con estas frases, no solo ha inspirado a gobernantes autócratas en todo el mundo, sino también copiado sus ataques. La frase “enemigos del pueblo” tiene una historia particularmente brutal. Se usó para justificar las ejecuciones masivas durante la Revolución francesa y el Tercer Reich. También la usaron Lenin y Stalin para justificar el asesinato sistemático de disidentes soviéticos. La acusación de traición quizá sea la más seria que puede hacer un comandante en jefe. Al amenazar con procesar a los periodistas por delitos inventados en contra de su país, el presidente Trump les da a los líderes represores una autorización implícita para hacer lo mismo. En Estados Unidos, la Constitución, el Estado de derecho y los medios noticiosos, todavía fuertes, fungen como organismos de control. Sin embargo, en otros países, los líderes extranjeros pueden silenciar a los periodistas con una eficacia alarmante. Nick Casey, un reportero de The Times que en repetidas ocasiones fue amenazado y terminó por ser vetado de Venezuela por realizar reportajes incisivos acerca del régimen brutal de Maduro, enfatizó lo graves que pueden ser las consecuencias para los periodistas locales. “Si esto es lo que son capaces de hacerme los gobiernos a mí como reportero de The Times, ¿qué no serán capaces de hacerles a sus propios ciudadanos?”, preguntó. “Cosas mucho peores, y he sido testigo de ellas”. En tanto nos preocupamos de los peligros que enfrentan nuestros propios reporteros, esos riesgos generalmente resultan nimios si se comparan con lo que enfrentan los valientes periodistas locales de todo el mundo. Buscan la verdad e informan sobre lo que encuentran, sabiendo que ellos y sus seres queridos pueden ser objeto de multas, arrestos, golpizas, torturas, violaciones y asesinatos. Esos reporteros son los soldados de primera línea en la batalla a favor de la libertad de prensa y pagan el precio más alto por la retórica en contra de la prensa del presidente Trump. Los casos de intimidación y violencia de los que he hablado hoy son tan solo algunos de los que sabemos. Todos los días se están viviendo historias similares en todo el mundo, muchas de las cuales jamás saldrán a la luz ni se registrarán. En muchos lugares, hay un miedo tan grande a las represalias que se ha desatado un efecto paralizante: los artículos no se publican; los secretos permanecen ocultos; los actos indebidos siguen encubiertos. Este es un momento peligroso para el periodismo, para la libertad de expresión y para la sociedad informada. Pero los momentos y los lugares en que es más difícil y arriesgado ser periodista son los momentos y los lugares que más necesitan del periodismo. Un recorrido por la historia de nuestra nación nos recuerda que el papel de la prensa libre ha sido uno de los pocos rubros de consenso perdurable que han trascendido a los partidos y las ideologías durante generaciones. Thomas Jefferson escribió que “la única seguridad que tenemos es la prensa libre”. John F. Kennedy dijo que la prensa libre era “invaluable” porque “sin debate, sin críticas, ningún gobierno ni ningún país puede progresar, y ninguna república puede sobrevivir”. Ronald Reagan fue incluso más allá, pues dijo: “No hay ingrediente más esencial que una prensa libre, sólida e independiente para nuestro éxito continuo en lo que describían los Padres Fundadores como nuestro ‘experimento noble’ de autogobierno”. A pesar de esta tradición de presidentes estadounidenses que defendían la prensa libre, no creo que el presidente Trump tenga ninguna intención de cambiar de actitud ni de poner un alto a sus ataques contra los periodistas. Si hay algo que nos enseña la historia reciente, es que el presidente quizá señalará mis comentarios de hoy y afirmará que The Times pretende llevar a cabo una venganza personal en su contra. Para ser claro, no estoy cuestionando la imprudencia del presidente debido a su partido, a su ideología ni a sus críticas a The Times. Estoy sonando la alarma porque sus palabras son peligrosas y tienen consecuencias de verdad en todo el mundo. Sin embargo, aunque el presidente ignore esta alerta y siga por el mismo camino, hay medidas importantes que podemos tomar el resto de nosotros con el fin de proteger la prensa libre y apoyar a quienes dedican sus vidas a buscar la verdad en todo el planeta. Todo comienza entendiendo lo que está en juego. La Primera Enmienda ha servido como estándar de oro en todo el mundo para la libertad de expresión y de prensa durante dos siglos. Ha sido una de las claves para un florecimiento sin precedentes de la libertad y la prosperidad en este país y, mediante su ejemplo, en todo el planeta. No podemos permitir que se establezca un nuevo marco global similar al modelo represor adoptado en China, Rusia y otros países. Ante la presión cada vez más grande, esto significa que las organizaciones noticiosas deben aferrarse a los valores del gran periodismo —la imparcialidad, la veracidad, la independencia— y abrirse para que la sociedad pueda entender mejor su trabajo y su papel en la sociedad. Debemos seguir informando sobre los sucesos relevantes, sin importar si son tendencia en Twitter. No podemos permitir que nos convenzan mediante halagos o aplausos de convertirnos en la oposición o el respaldo de nadie. Debemos ser leales con los hechos, no con ningún partido ni ningún líder, y debemos seguir la verdad hasta donde llegue, sin temor ni favoritismos. No obstante, la responsabilidad de defender la prensa libre va más allá de las organizaciones noticiosas. Las comunidades académicas, empresariales y de organizaciones sin fines de lucro, que dependen del flujo libre y confiable de noticias e información, tienen la responsabilidad de oponerse a esta campaña también. Eso es particularmente cierto cuando hablamos de gigantes tecnológicos como Facebook, Twitter, Google y Apple. Su historial de oponerse a los gobiernos extranjeros es irregular en el mejor de los casos; a menudo han ignorado la desinformación y a veces han permitido la eliminación del periodismo auténtico. Sin embargo, en vista de que incursionan cada vez más en la creación, la distribución y los encargos periodísticos, también tienen la responsabilidad de empezar a defender el periodismo. Nuestros líderes políticos también deben participar. Quienes fueron electos para defender nuestra Constitución traicionan sus ideales cuando socavan la prensa libre a favor de ganancias políticas a corto plazo. Los líderes de ambos partidos deben apoyar el periodismo independiente y combatir las iniciativas en contra de la prensa en el país y en el extranjero. Aquí en Estados Unidos eso implica rechazar esfuerzos como las demandas e investigaciones frívolas que van tras las filtraciones gubernamentales con el fin de sofocar los reportajes agresivos. Y en todo el mundo eso significa oponerse al sinfín de iniciativas que tienen como objetivo atacar, intimidar y deslegitimar a los periodistas. Finalmente, ningunos de estos esfuerzos hará una diferencia a menos que alcemos la voz. Debemos empezar a estar atentos a la procedencia de las noticias que leemos o escuchamos y a cómo se crean. Hay que encontrar organizaciones noticiosas en las que confiemos e impulsar el trabajo arduo y costoso de los reportajes originales adquiriendo una suscripción. Tenemos que apoyar a organizaciones como el Comité para la Protección de los Periodistas y Reporteros sin Fronteras, que defienden a los periodistas en riesgo de todo el mundo. Más que nada, debemos apartarle un espacio al periodismo en nuestra vida cotidiana y aprovechar la información que obtenemos para marcar la diferencia. El verdadero poder de una prensa libre es una ciudadanía informada y comprometida. Creo en el periodismo independiente y quiero que prospere. Creo en este país y en sus valores, y quiero que los honremos y los ofrezcamos como modelo para un mundo más libre y justo. Estados Unidos ha hecho más que cualquier otro país por popularizar la idea de la libre expresión y defender los derechos de la prensa libre. Ha llegado el momento de volver a luchar por esos ideales.(A.G. Sulzberger es el editor de The New York Times).c.2019 The New York Times Company​

Fuente

Categories
new york times international weekly

Wangechi Mutu y las nuevas custodias femeninas del Metropolitan Museum

Por NANCY PRINCENTHALAl inaugurar lo que será un proyecto comisionado anual para la fachada del Museo Metropolitano de Arte, la artista Wangechi Mutu, originaria de Kenia, fue invitada a colocar estatuas de bronce de mujeres sentadas en cuatro de los nichos vacíos y listos para albergar esculturas cerca de las puertas principales del museo.Coronadas, cegadas y amordazadas por discos sumamente pulidos, y nacidas de tradiciones tanto europeas como africanas, estas figuras cambiarán el rostro del museo, literal y figurativamente. En ocasiones reflejan la luz solar con una intensidad espeluznante, en lo que Mutu llama “un mensaje imponente del más allá”. Es un testamento de su creencia de que, al igual que el teatro callejero o rituales religiosos, el arte puede incitar a los espectadores hacia la congregación.Bajo el liderazgo del director Max Hollein, el museo anuncia un giro hacia lo nuevo y lo global. La elección de una artista insistentemente transnacional quien, aunque aclamada, aún no es extensamente popular, sí sugiere que el museo está tomando otro rumbo.

Wangechi Mutu, el primer artista para una comisión anual de fachada del Metropolitan Museum of Art. (Sunny Shokrae para The New York Times)

Mutu, de 47 años, alta y serena, compara sus esculturas para fachadas con cariátides. En la arquitectura occidental clásica, estas figuras por lo general sirven de apoyo para sostener balcones o techos. Pero los ejemplos africanos abundan, hallados en “báculos y hermosos bancos de la realeza que son representativos de donde se sentaría un rey. Básicamente sostienen el peso del rey. O de la realeza de esa cultura”.Sus cariátides sin duda emanan su propio poder. Tituladas “The NewOnes, will free Us” (Los nuevos, nos liberarán), representan, para Mutu, “palabras que no hemos escuchado, gente que no hemos percibido. Serán nuestra redención”.Mutu ya tenía cariátides en mente cuando el Met la contactó hace poco menos de un año. Ella creó modelos similares a arcilla en plastilina; entonces, usando uno de los métodos más antiguos para modelar arcilla, formó la vestimenta de las figuras en espirales, que bajan para formar grandes faldas plisadas. En un taller de fundición en el estado de Washington, los modelos fueron escaneados en 3D y hechos a gran escala. Ella los visitó para hacer revisiones a los modelos y trabajar en los patinados.

Los nichos exteriores de la fachada del edificio han estado vacíos desde 1902. (Brittainy Newman/The New York Times)

El prototipo para el proyecto comisionado actual es la serie en el techo del Met, que ofrece un contacto inusitadamente inmediato con arte nuevo. Del mismo modo, con las esculturas de Mutu, dice Hollein, “el diálogo se inicia antes de que incluso entres por las puertas del museo”.Para Seph Rodney, un crítico de ascendencia africana originario de Jamaica y admirador de la obra de Mutu, eso es una especie de problema. Aunque Rodney es entusiasta sobre el programa para la fachada con una artista de color, señala que sus esculturas estarán “literalmente afuera del museo —eso me da un poco qué pensar”.Mutu se siente satisfecha de desafiar al Met (y viceversa). Y tiene en mente más que la raza. Siempre consciente de “dónde ha posicionado la historia del arte al cuerpo femenino”, por lo general como sujeto pasivo de pinturas, ella señala que “en el arte africano clásico, el cuerpo femenino en algunos casos es el museo —donde se coloca el arte”. Es decir, las mujeres expresan “riqueza, estatus, familia, tribu”, a través de su porte y ornamentación, que son “lenguajes definibles como arte”.Durante los próximos cuatro meses, estos lenguajes serán los primeros que escuchen los visitantes.© 2019 The New York Times

Fuente

Categories
new york times international weekly

Wangechi Mutu y las nuevas custodias femeninas del Metropolitan Museum

Por NANCY PRINCENTHALAl inaugurar lo que será un proyecto comisionado anual para la fachada del Museo Metropolitano de Arte, la artista Wangechi Mutu, originaria de Kenia, fue invitada a colocar estatuas de bronce de mujeres sentadas en cuatro de los nichos vacíos y listos para albergar esculturas cerca de las puertas principales del museo.Coronadas, cegadas y amordazadas por discos sumamente pulidos, y nacidas de tradiciones tanto europeas como africanas, estas figuras cambiarán el rostro del museo, literal y figurativamente. En ocasiones reflejan la luz solar con una intensidad espeluznante, en lo que Mutu llama “un mensaje imponente del más allá”. Es un testamento de su creencia de que, al igual que el teatro callejero o rituales religiosos, el arte puede incitar a los espectadores hacia la congregación.Bajo el liderazgo del director Max Hollein, el museo anuncia un giro hacia lo nuevo y lo global. La elección de una artista insistentemente transnacional quien, aunque aclamada, aún no es extensamente popular, sí sugiere que el museo está tomando otro rumbo.

Wangechi Mutu, el primer artista para una comisión anual de fachada del Metropolitan Museum of Art. (Sunny Shokrae para The New York Times)

Mutu, de 47 años, alta y serena, compara sus esculturas para fachadas con cariátides. En la arquitectura occidental clásica, estas figuras por lo general sirven de apoyo para sostener balcones o techos. Pero los ejemplos africanos abundan, hallados en “báculos y hermosos bancos de la realeza que son representativos de donde se sentaría un rey. Básicamente sostienen el peso del rey. O de la realeza de esa cultura”.Sus cariátides sin duda emanan su propio poder. Tituladas “The NewOnes, will free Us” (Los nuevos, nos liberarán), representan, para Mutu, “palabras que no hemos escuchado, gente que no hemos percibido. Serán nuestra redención”.Mutu ya tenía cariátides en mente cuando el Met la contactó hace poco menos de un año. Ella creó modelos similares a arcilla en plastilina; entonces, usando uno de los métodos más antiguos para modelar arcilla, formó la vestimenta de las figuras en espirales, que bajan para formar grandes faldas plisadas. En un taller de fundición en el estado de Washington, los modelos fueron escaneados en 3D y hechos a gran escala. Ella los visitó para hacer revisiones a los modelos y trabajar en los patinados.

Los nichos exteriores de la fachada del edificio han estado vacíos desde 1902. (Brittainy Newman/The New York Times)

El prototipo para el proyecto comisionado actual es la serie en el techo del Met, que ofrece un contacto inusitadamente inmediato con arte nuevo. Del mismo modo, con las esculturas de Mutu, dice Hollein, “el diálogo se inicia antes de que incluso entres por las puertas del museo”.Para Seph Rodney, un crítico de ascendencia africana originario de Jamaica y admirador de la obra de Mutu, eso es una especie de problema. Aunque Rodney es entusiasta sobre el programa para la fachada con una artista de color, señala que sus esculturas estarán “literalmente afuera del museo —eso me da un poco qué pensar”.Mutu se siente satisfecha de desafiar al Met (y viceversa). Y tiene en mente más que la raza. Siempre consciente de “dónde ha posicionado la historia del arte al cuerpo femenino”, por lo general como sujeto pasivo de pinturas, ella señala que “en el arte africano clásico, el cuerpo femenino en algunos casos es el museo —donde se coloca el arte”. Es decir, las mujeres expresan “riqueza, estatus, familia, tribu”, a través de su porte y ornamentación, que son “lenguajes definibles como arte”.Durante los próximos cuatro meses, estos lenguajes serán los primeros que escuchen los visitantes.© 2019 The New York Times

Fuente

Categories
new york times international weekly

En Corea del Sur, las mujeres se rebelan y fundan sus propias startups

Por MICHAEL SCHUMANHWASEONG, Corea del Sur — Energy Nomad parece ser una compañía surcoreana típica: prácticamente todas las personas que trabajan ahí son hombres. Los ingenieros recorren las líneas de producción en una fábrica a las afueras de Seúl. La única excepción inclina respetuosamente la cabeza mientras un gerente senior la guía hacia una sala de juntas.Las apariencias engañan.La mujer, Park Hye-rin, de 33 años, fundó Energy Nomad en 2014. “Tal vez pueda alentar a la siguiente generación de mujeres”, dijo. “Más mujeres jóvenes podrían unírseme en esta comunidad del futuro”.Es una de una nueva oleada de mujeres coreanas que fundan sus propias compañías, frustradas por su ascenso en la jerarquía corporativa en una cultura empresarial dominada por hombres.En 2018, más del 12 por ciento de las mujeres en edad de trabajar en Corea del Sur estaban involucradas en comenzar o administrar compañías nuevas, un drástico aumento en comparación con el 5 por ciento de apenas dos años antes, según Global Entrepreneurship Monitor. Un reporte de Mastercard sobre 57 economías globales el año pasado señaló que Corea del Sur mostraba el mayor progreso en alentar a mujeres emprendedoras. La tendencia podría transformar un mundo corporativo donde la discriminación contra las mujeres está profundamente arraigada.Corea del Sur ha sido una maravilla de progreso económico durante los últimos 50 años. Pero las nociones del papel de la mujer en la sociedad a menudo las han atrapado en empleos mal remunerados con pocas posibilidades de avance.Desarrollar una iniciativa nueva es un esfuerzo arriesgado en cualquier circunstancia, pero las mujeres surcoreanas a menudo no son tomadas en serio por banqueros, ejecutivos o incluso empleados.“Tienes que hacer un esfuerzo adicional para ser una mujer emprendedora”, dijo Kim Min-kyung, de 35 años, fundadora de la compañía de lencería personalizada Luxbelle.Bajo los estándares habituales de éxito en Corea del Sur, ella ya había triunfado, al conseguir empleos en filiales del grupo empresarial Samsung, entre los puestos más codiciados en el país. Aunque nunca enfrentó discriminación abierta ahí, dijo, “pensé que no conseguiría un puesto de alto nivel”.Kim renunció en 2014 y fundó Luxbelle un año después. Su sitio en Internet guía a las mujeres para elegir y ajustar lencería, que luego compran online. Ella ha atendido la mayoría de los aspectos del negocio —diseñar lencería, manejar el sitio en Internet y recaudar capital.Este tipo de actitud emprendedora alguna vez fue inusitada en Corea del Sur. Familias conservadoras suelen presionar a hijos e hijas para que busquen empleos predecibles dentro del gobierno o grandes empresas. El capital de riesgo era escaso en un sistema creado para canalizar fondos a los enormes conglomerados que dominan la economía. La situación comenzó a flexibilizarse a fines de los 90.Ser emprendedor se volvió más aceptable y hubo más dinero disponible.También están cambiando las actitudes sociales hacia las mujeres, aunque lentamente. Todavía es común esperar que las esposas lleven la carga de la crianza de los hijos y las responsabilidades del hogar.El gobierno quiere que más mujeres ingresen a la fuerza laboral mientras la población envejece y busca formas de mantener su economía en crecimiento. Según el ministerio para empresas nuevas, se destinaron 470 millones de dólares a apoyar compañías dirigidas por mujeres en 2019, 18 veces el total de 2015. Instituciones públicas también presupuestaron 7,6 mil millones de dólares para hacer compras a firmas de mujeres este año.Las mujeres emprendedoras aún enfrentan obstáculos. Kim se vio hablando de la lencería de Lux­belle con hombres inversionistas de capital de riesgo. “Ni siquiera entienden que el ajuste de un corpiño pueda ser un negocio”, dijo.Manejar empleados también puede ser complicado, como descubrió Jihae Jenna Lee, de 39 años. Tras una década en Wall Street, regresó a Corea del Sur y en 2015 fundó AIM, para ofrecer asesoría financiera impulsada por computadora. Lee y su equipo, que ahora administran 40 millones de dólares, operan desde una oficina de WeWork en el norte de Seúl.En 2016, contrató a un gerente senior de una firma de corretaje en Seúl. Sin embargo, contó, él tenía problemas para aceptar que su jefe fuera mujer. Al poco tiempo se fue.Muchos hombres en Corea del Sur “no están acostumbrados a ver mujeres en el poder, mujeres que toman decisiones o mujeres como socias”, dijo Lee. “Probablemente sólo han visto una mujer ejecutiva en toda su vida”.© 2019 The New York Times

Fuente

Categories
new york times international weekly

La Patrulla Fronteriza en crisis por los migrantes

Este artículo fue escrito por Manny Fernandez, Miriam Jordan, Zolan Kanno-Youngs y Caitlin Dickerson.Un agente de la Patrulla Fronteriza en Tucson, Arizona, dijo que lo habían llamado “vendido” y “asesino de niños”. En El Paso, Texas, un agente relató que sus colegas y él evitan comer juntos cuando llevan uniforme, salvo en ciertos restaurantes “amigables con la Patrulla Fronteriza”, porque “siempre existe la posibilidad de que escupan en tu comida”. Un agente en Arizona renunció el año pasado a causa de la frustración. “Enjaular a la gente por una actividad no violenta comenzó a carcomerme por dentro”, dijo.Durante décadas, la Patrulla Fronteriza fue una fuerza de seguridad en gran medida invisible. A lo largo de la frontera suroeste, su labor era polvorienta y solitaria. Entre persecuciones impulsadas por la adrenalina, las cáscaras de las semillas de girasol se apilaban afuera de las ventanas de sus camionetas pick-up inmóviles. Su especialidad era conocida como “guardarse”, lo cual significaba ocultarse en el desierto y los arbustos durante horas, esperando y observando, sin hacer nada más.Hace dos años, cuando el presidente Donald Trump llegó a la Casa Blanca con la promesa de cerrar la puerta a la inmigración ilegal, todo eso cambió. Los casi 20 mil agentes de la Patrulla Fronteriza se convirtieron en la vanguardia de las medidas enérgicas más agresivas contra los migrantes jamás impuestas en Estados Unidos.Ya no eran una organización medio militar con la tarea de interceptar a los traficantes de drogas y perseguir a los contrabandistas. Su principal labor se transformó en bloquear y detener a cientos de miles de familias migrantes que huían de la violencia y la pobreza extrema —metiendo a miles de personas en tiendas de campaña y jaulas, separando a los niños de sus padres y enviando a éstos a prisión, tratando de identificar a quienes estaban demasiado enfermos como para sobrevivir en los centros de procesamiento hacinados.

Algunos agentes de la Patrulla Fronteriza han dicho que tienen que tener cuidado donde eligen comer de uniforme. (Ilana Panich-Linsman para The New York Times)

Desde septiembre de 2018 han muerto 10 migrantes bajo la custodia de la Patrulla Fronteriza y la agencia de la que depende, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza.En meses recientes, la saturación extrema en la frontera ha comenzado a disminuir, con los migrantes rechazados y obligados a esperar en México mientras sus solicitudes de asilo son procesadas. Este mes, la Suprema Corte permitió al gobierno requerir a los migrantes de países que no son México demostrar que les fue negado el refugio en otro país antes de solicitar el asilo.La Patrulla Fronteriza, cuyos agentes han pasado de tener uno de los trabajos menos visibles dentro de la imposición de la ley a uno de los más odiados, sufre una crisis tanto en su misión como en su moral. A principios de este año, la revelación de un grupo privado en Facebook donde los agentes subían referencias crueles y sexistas sobre los migrantes y los políticos que los apoyan reforzó la percepción de que los agentes suelen ver a la gente vulnerable a su cuidado con una mezcla de frustración y desprecio.Entrevistas con 25 agentes y ex agentes en Texas, California y Arizona —algunas realizadas con la condición del anonimato— pintan un retrato de una agencia en un atolladero político y operacional. Abrumados este año por migrantes desesperados, muchos agentes se han amargado y puesto a la defensiva.El presidente del sindicato de los agentes afirmó que había recibido amenazas de muerte. Un agente del sur de Texas dijo que algunos agentes que conoce estaban buscando otros trabajos en agencias federales de imposición de la ley. Un agente en El Paso dijo a un agente jubilado que estaba tan indignado por los escándalos en los que la Patrulla Fronteriza ha sido acusada de descuidar o brindar maltrato a los migrantes, que quería que se eliminara el lema “Honor Primero” de sus vehículos.“Pasar de donde la gente no sabe mucho acerca de nosotros a donde la gente realmente nos odia es difícil”, comentó Chris Harris, quien fue agente durante 21 años y funcionario del sindicato de la Patrulla Fronteriza hasta que se jubiló en junio de 2018. “No hay duda de que la moral estaba baja en el pasado y hoy está por los suelos. Sé de muchos colegas que sólo quieren irse”.En general, la agencia ha estado dispuesta a hacer cumplir las políticas migratorias más duras del gobierno de Trump. En videos difundidos el año pasado, podían verse a agentes de la Patrulla Fronteriza destruyendo los bidones de agua dejados en una sección del desierto de Arizona donde grandes cantidades de migrantes han sido encontrados muertos.“Las intensas críticas dirigidas a la Patrulla Fronteriza son necesarias e importantes porque sí creo que existe una cultura de crueldad o insensibilidad”, dijo Francisco Cantú, autor de “The Line Becomes a River”, sus memorias sobre su tiempo en la agencia, de 2008 a 2012. “Hay falta de supervisión. Hay mucha impunidad”.La Patrulla Fronteriza se creó en 1924. La labor principal de los primeros agentes era detener a los traficantes de whisky de la época de la ley seca. La agencia se ha convertido en un inmenso brazo de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP), la agencia federal de imposición de la ley más grande del país, responsable de vigilar más de 11300 kilómetros de la frontera norte y sur de Estados Unidos, 153 mil kilómetros de costas y 328 puertos de entrada.A nivel práctico, los centros de la Patrulla Fronteriza a lo largo de la frontera mexicana, conocidos como sectores, operan hasta cierto punto como feudos. En las ciudades fronterizas, los jefes de sector se vuelven personajes famosos e incluso ofrecen informes anuales sobre estado de la frontera.En las comunidades fronterizas, convertirse en agente hace mucho tiempo que es considerado un boleto a la clase media. Un agente recién egresado con un título del secundario puede esperar ganar 55800 dólares al año, incluyendo el tiempo extra, y eso puede aumentar a 100 mil dólares en tan sólo cuatro años.Pero en vista de las largas horas de trabajo solitario, a menudo bajo un calor sofocante y en lugares remotos, y la creciente carga de trabajo, la agencia ha tenido dificultades para reclutar: sigue teniendo un déficit de 1800 agentes de sus objetivos de contratación.Algunos ven el origen de la creciente frustración entre los agentes en 2014, cuando un gran número de familias migrantes, así como niños no acompañados, comenzaron a llegar a la frontera. Muchos agentes dijeron que no se les dieron los recursos para manejar la crisis. Madres desesperadas y niños enfermos tuvieron que ser metidos en recintos cercados porque no había dónde más ubicarlos.Algunos agentes culparon a los padres migrantes por traer a sus hijos a este caos. Su rabia comenzó a crecer durante la presidencia de Barack Obama. Luego, con la elección de Trump, encontró una voz. “Dijo en público, ‘voy a considerarlos a ustedes, al sindicato, en los expertos del tema sobre cómo aseguramos la frontera’”, dijo Harris. “Nunca habíamos escuchado eso de nadie antes”.El grupo en Facebook, que se creó en 2016 y tenía más de 9 mil miembros, se convirtió en un foro para que los agentes se desahogaran.Una publicación se burlaba de la muerte de un migrante de 16 años mientras estaba en la custodia de la Patrulla Fronteriza con una imagen que tenía la leyenda “Ni modo”. Un integrante propuso lanzarles burritos a dos congresistas latinas.Las publicaciones reflejaban una cultura que durante mucho tiempo fue evidente en partes de la agencia. Durante años, la Patrulla Fronteriza ha tolerado la terminología racista. Algunos agentes se refieren a los migrantes como “mojados”, versión abreviada de “espaldas mojadas”. Otros los llaman “toncs”.

“Se ha convertido en un trabajo más estresante”, dijo Susan Zepeda, una agente de la Patrulla Fronteriza en el sector El Centro. (Kendrick Brinson para The New York Times)

Jenn Budd, una ex agente que ahora critica de manera abierta la agencia, dijo que un supervisor en la estación de la Patrulla Fronteriza en California le explicó el término: “Dijo que era el sonido que hace una linterna cuando se usa para golpear a un migrante en la cabeza”.Josh Childress, un agente de Arizona que renunció en 2018, dijo: “Los chistes no son el problema. Tratar a las personas como si no fueran humanos es el problema”.Caléxico, California, a 195 kilómetros al este de San Diego en el Valle Imperial del sur de California, ofrece un vistazo a la relación entre una comunidad fronteriza y los agentes. El valle, rodeado de montañas, desierto y el río Colorado, tiene una economía que gira en torno a los trabajos agrícolas de temporada y el trabajo gubernamental.Las temperaturas superan los 43 grados centígrados en el verano. Unos 800 agentes de la Patrulla Fronteriza trabajan en el vasto sector de El Centro, que se extiende unos 115 kilómetros por el valle.Cuando Trump visitó la ciudad de 40 mil habitantes en abril para promocionar 3,7 kilómetros de un nuevo muro fronterizo, Ángel Esparza organizó una marcha de unidad binacional que atrajo a 200 personas. Esparza explicó que el motivo de la marcha era protestar contra Trump. “Los agentes de la Patrulla Fronteriza son parte de la comunidad”, afirmó.Sin embargo, la Patrulla Fronteriza, que opera en comunidades cuya población es mayoritariamente hispana y hostil hacia la agenda de Trump, se ha vuelto más abiertamente política que en cualquier otro momento de su historia. Muchos agentes ven a Trump como el primer presidente que toma en serio la seguridad fronteriza. El sindicato dio su respaldo a Trump en 2016, acción que ha creado fricciones en las comunidades fronterizas de mayoría demócrata.Los legisladores demócratas acudieron en bandada a la frontera de Texas en la primavera, muchos de ellos dieron conferencias de prensa para criticar las condiciones de suciedad y hacinamiento en las que se tienen a los migrantes, incluyendo niños.Los agentes dijeron que han tratado de hacer lo mejor posible —algunos compraron juguetes para los niños— pero que estaban rebasados por la cantidad de detenidos.Sólo el cinco por ciento de los agentes son mujeres. Algunas agentes entrevistadas hablaron muy bien de la agencia y de sus colegas hombres. Otras describieron una cultura de acoso sexual en la que las mujeres eran menospreciadas, ignoradas para ascensos y agredidas sexualmente.En un recuento por escrito del tiempo que pasó en la agencia, Budd describió a mujeres que eran obligadas a practicar sexo oral a compañeros. “Nunca conocí a una agente que no fuera víctima de los agentes masculinos”, dijo.El trabajo ha cobrado una factura psicológica. De 2007 a 2018, más de 100 empleados de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza, muchos de los cuales trabajaron como agentes de la Patrulla Fronteriza, se suicidaron. Ross Davidson, que se jubiló después de veintiún años en la agencia, mencionó que está seguro de que el estrés laboral fue un factor que los motivó a cometer ese acto.“La monotonía repetitiva de hacer lo mismo una y otra vez y no ver resultados, ver que no tiene fin y que nada cambia”, comentó Davidson. “Eso cala cada vez más hondo y empeora gradualmente”, agregó.© 2019 The New York Times

Fuente

Categories
new york times international weekly

En Manhattan, los rascacielos están devorando el barrio de los inmigrantes centroeuropeos

Por JOSEPH BERGERCasi todas las semanas, Jeremy Schaller recibe una llamada de un desarrollador que quiere comprar los dos edificios nada llamativos de cuatro pisos que albergan a Schaller and Weber, una tienda de sauerkraut y salchichas alemanas en el Upper East Side de Manhattan.Un desarrollador incluso le ofreció 24 millones de dólares, casi cuatro veces el valor comercial de ambos edificios.Los desarrolladores quieren demolerlos y agregar otra torre de gran altura al barrio de Yorkville que históricamente estaba compuesto de edificios de departamentos sin ascensor de clase trabajadora y negocios familiares.Pero Schaller ha rechazado todas las ofertas, incluso las que le prometieron que podría reabrir su local en la torre propuesta.“Esta tienda es emblemática y su estética podría quedar comprometida si derribamos los edificios”, afirmó Schaller, de 40 años, la tercera generación de los Schaller que opera la tienda.

Jeremy Schaller ha rechazado múltiples ofertas para el edificio donde dirige la tienda de salchichas de la familia. (Hiroko Masuike/The New York Times)

Sin embargo, los dueños de otros edificios no han podido resistirse.El avance implacable de los rascacielos que se ha extendido por toda Nueva York se ha apoderado de Yorkville, mientras el metro de la Segunda Avenida, la nueva línea de transporte público de la ciudad, atrae a nuevos colonos.Una docena de torres han sido inauguradas en los últimos cinco años o están a punto de ser concluidas en un barrio alguna vez célebre por su esencia casera de inmigración originaria de Europa Central y Oriental. Algunos de los edificios se elevan hasta 50 o 60 pisos, mucho más alto que los 20 o 30 pisos a los que están acostumbrados los residentes.Ya comenzó la construcción de otra docena de proyectos de edificios y otros están siendo planificados.La mayoría de los descendientes de inmigrantes alemanes, húngaros, checos y eslovacos que hallaron trabajo en las cervecerías y fábricas de puros se marchó hace mucho tiempo. Lo mismo sucedió con todos salvo un puñado de restaurantes y negocios que daban servicio a esas familias.En décadas recientes, los edificios de departamentos y otros de baja altura han brindado hogar para nuevos egresados universitarios, familias jóvenes, jubilados y gente de la zona central de Estados Unidos en busca de una vida mejor. Estaban dispuestos a lavar su ropa en una lavandería. Apreciaban los talleres de reparación de zapatos, las pescaderías y las cafeterías.Margaret Price, quien ha vivido en el barrio desde principios de los 80, dijo que las torres nuevas borraban el carácter singular de Yorkville.Sin embargo, la Administración del Alcalde Bill de Blasio cree que la prioridad es maximizar la vivienda mientras la población de la ciudad se aproxima a una cifra anticipada de nueve millones de habitantes y aumenta la población de indigentes.Varias torres tienen el 20 por ciento o más de sus departamentos reservados para familias de ingresos bajos o modestos, dicen los funcionarios.Uno de los principales desarrolladores de la ciudad, Gary Barnett, quien terminó un edificio de casi 120 metros de altura en Yorkville y planea otras tres torres altas, dijo que los edificios nuevos deben ser altos porque los terrenos en Manhattan son finitos y caros.Lo que está sucediendo en York­ville también sucede en Long Island City, el centro de Brooklyn, Crown Heights y el Lower East Side, borrando gradualmente las características distintivas de cada barrio.“Todos en la ciudad a quienes les importa la identidad cultural de su barrio deberían ver a York­ville como una señal de advertencia”, expresó el concejal Ben Kallos, nieto de inmigrantes húngaros judíos cuyo distrito incluye a Yorkville. “Lo último que necesita un barrio residencial son más torres de cristal para multimillonarios”.Curiosamente, a Schaller le ha pasado, de hecho, que las ventas aumentaron más de un 20 por ciento con las nuevas construcciones, con residentes más acaudalados gastando más en su selección de 100 cervezas alemanas, jamones ahumados y quesos europeos.“Es bueno para el negocio, pero el barrio ha perdido gran parte de su ambiente de comunidad”, señaló.© 2019 The New York Times

Fuente

Categories
new york times international weekly

¿Un apretón de manos? Mejor un fuerte abrazo

Por ROBB TODDÉsta es una época muy táctil. Proliferan los abrazos. Pero no todo el mundo quiere un abrazo, y algunas personas no saben como responder incluso si lo desean.Para aquellos que no saben cómo, hay muchas oportunidades para aprender.Haley M. Hwang dijo que sus padres no crecieron con mucho afecto físico, así que careció de abrazos en su niñez. Fueron sustituidos con palmadas en la espalda.“Mientras más vigorosa fuera la palmada, más significaba que nos amaban, que estaban orgullosos de nosotros”, escribió Hwang en The Times. “Ahora veo que mis hijos, criados con demostraciones de amor físicas y sin inhibiciones, abrazan y besan a mis padres, y les dicen sin vergüenza, ‘te amo’”.Hwang dijo que sus padres siguen sin abrazar a sus hijos, pero abrazan sin reservas a sus nietos.“No hay problema. Nosotros tuvimos las palmadas en la espalda”, añadió.No son sólo las generaciones mayores las que tienen que adaptarse a la proliferación de los abrazos.“Me dicen que doy los peores abrazos”, dijo Naomi Osaka tras ganar el campeonato del Abierto de Tenis de Estados Unidos el año pasado, a los 20 años. “La cosa es que estoy acostumbrada a los apretones de mano. Cada vez que alguien se acerca a darme un abrazo, me siento muy confundida”.

Los abrazos posteriores al partido han proliferado en el tenis profesional. Naomi Osaka abrazando a Coco Gauff en el Abierto de Estados Unidos. (Demetrius Freeman para The New York Times)

Osaka ha demostrado que aprende rápido, mientras cada vez más tenistas, sin importar el género, tienden a abrazarse después de un partido en lugar de ofrecerse el tradicional saludo de manos. El mes pasado, Osaka abrazó a una llorosa Coco Gauff de 15 años luego de vencerla de manera contundente en la tercera ronda del Abierto de este año.Abrazar, escribió Cindy Shmerler en The Times, proporciona “un nivel de intimidad que podría hacer que las reuniones en la red al terminar el partido sean tan irreconocibles para los jugadores del pasado como lo son las innovaciones como el sistema Ojo de halcón (Hawk-Eye) que monitorea la trayectoria de la pelota, y los límites de tiempo en el saque”.Pam Shriver declaró a The Times que los tenistas profesionales de su época nunca se abrazaban.El abrazo también es bueno para algo más que el consuelo o el afecto. El contacto físico se correlaciona también con un mejor de­sempeño, según un estudio realizado en 2010 en la Universidad de California, en Berkeley. Los investigadores examinaron una temporada de la Asociación Nacional de Básquet (NBA) y encontraron que los equipos que más se tocaban —choque de palmas en alto, palmadas en la cara, choques de pechos, abrazos y medios abrazos— ganaban más partidos. Mientras más contacto hay, dijeron, más cooperación habrá.Los Yankees de Nueva York tienen uno de los mejores récords en Grandes Ligas esta temporada. Es posible que la llegada de Cameron Maybin al equipo, junto con su afinidad por los abrazos, haya ayudado.“Así es como rompo el hielo de inmediato”, dijo a The Times. “Te sacaré de tu zona de confort y haré que te sientas un poquito incómodo”.Maybin quiere dar un abrazo apretado a todo mundo, en especial después de un jonrón, y los Yankess han establecido un récord del equipo con casi 300 en lo que va de la temporada.“Abrazar simplemente hace que la gente se sienta bien”, afirmó. “Todo el mundo necesita un buen abrazo a veces. Aun cuando creas que no lo quieres”.Algunos jugadores han sido lentos para recibir los abrazos, pero la práctica poco a poco se los ha ido ganando.© 2019 The New York Times

Fuente

Categories
new york times international weekly

Francia enfrenta la violencia doméstica

Por LAURE FOURQUETILE-ROUSSE, Córcega — Julie Douib dejó a su abusiva pareja. Reportó su violencia al menos una docena de veces. Después de que él la obligara a renunciar a la custodia de sus dos hijos durante el fin de semana, Douib le dijo a la Policía que él tenía una licencia para un arma y que temía que le disparara.“Madame, lo siento”, dijo el oficial, según el padre de Douib, “pero no se le puede quitar la licencia a menos de que apunte el arma contra usted”.Lo hizo 48 horas después y disparó dos veces, alcanzando a Douib, de 34 años, en el pecho y brazos.“Me mató”, dijo ella con su último respiro, señaló Maryse Santini, la vecina del piso de abajo que la encontró.La muerte de Douib en marzo cristalizó los problemas de la violencia doméstica y las dificultades que enfrentan las mujeres en Francia para lograr que las autoridades tomen sus denuncias en serio. Fue la trigésima mujer en Francia en morir este año a manos de su pareja, y más de otras 70 han perdido la vida desde entonces. De acuerdo con cifras gubernamentales, una mujer es asesinada en Francia por su pareja o ex pareja cada tres días.La problemática atrae más atención en Francia desde que el presidente Emmanuel Macron empezó a usar el término “feminicidio”.

Violetta Douib con una foto de su hija, Julie Douib, que fue asesinada en marzo después de dejar a su pareja. (Dmitry Kostyukov para The New York Times)

Los datos de Eurostat más recientes, de 2015, muestran que en Francia cada año asesinan a más mujeres que en Gran Bretaña, Países Bajos, Italia o España. En Europa Occidental, sólo Alemania y Suiza tuvieron más. El saldo está llamando la atención de los funcionarios franceses.El 3 de septiembre, el gobierno abrió un debate nacional en un esfuerzo por eliminar la violencia doméstica. El feminicidio no es reconocido en el código penal francés, pero Marlène Schiappa, viceministra para igualdad de género, dijo que se debatiría el reconocimiento. El proceso de consulta continuará hasta el 25 de noviembre. En 12 semanas, 91 congresos se celebrarán en toda Francia para debatir cómo prevenir el feminicidio, proteger a las víctimas y castigar a los transgresores.Las juntas reunirán a funcionarios, abogados y fiscales junto con asociaciones que representan a las familias y las víctimas, indicó Schiappa. “Todas las personas que por lo general no se hablan necesitan reunirse y sentarse a la misma mesa”, afirmó.El Primer Ministro Édouard Philippe ha anunciado una serie de medidas para asegurar que las autoridades francesas manejen mejor la violencia doméstica, incluyendo la creación de un protocolo unificado para evaluar qué tan peligrosa es la situación en casa y tribunales especializados para manejar los casos con rapidez.En los meses anteriores a su muerte, Douib trató cinco veces de presentar cargos contra su ex pareja, Bruno Garcia, de 43 años. No se tomó ninguna acción.Cuando Douib se quejó de que él la había echado medio desnuda del departamento de ambos, la Policía le dijo que no podría recuperar sus pertenencias porque el contrato de alquiler no estaba a su nombre. Cuando interpuso una denuncia tras ser empujada por las escaleras de su edificio de departamentos anterior, Garcia presentó sus propios cargos, diciendo que ella había dañado la puerta de entrada —una afirmación que contradecía las versiones de los vecinos.Luc Frémiot, un ex fiscal líder en la ayuda a sobrevivientes de la violencia doméstica, implementó en 2003 medidas que redujeron drásticamente los índices de violencia doméstica en Douai, en el norte de Francia. Toda acusación tenía que ser seguida por un proceso legal. Los abusadores serían sacados automáticamente del hogar y colocados bajo el cuidado de psiquiatras y psicólogos. “Es una manera de hacer que reflexionen sobre sus problemas de ira”, explicó.A menudo hay señales de advertencia claras de que un patrón de abuso llevará a una tragedia si no se hace nada. Douib dejó a su pareja seis meses antes de ser asesinada. Después de la separación, Garcia la amenazó en repetidas ocasiones, diciéndole que si no abandonaba Córcega —y a sus hijos— moriría.El 1 de marzo, Douib fue a la policía. Dos días después, Santini, su vecina, oyó el primer disparo. “Fuegos artificiales”, pensó. Al oír el segundo, empezó a subir la escalera al segundo piso, y se topó con Garcia. Un rastro de sangre la llevó por la puerta abierta del departamento de su vecina y hacia el balcón, comentó. Santini dijo que agarró la mano de Douib y gritó pidiendo ayuda. Pero era demasiado tarde, expresó. Garcia caminó tranquilamente a la estación de policía, entregó su arma y confesó el crimen. “Julie hizo todo lo debido”, dijo su padre, Lucien Douib. Julie tenía fe en que el sistema de justicia prevalecería”.© 2019 The New York Times

Fuente

Categories
new york times international weekly

A pesar de haberse retirado de la música, Linda Ronstadt sigue teniendo una voz poderosa

Por JIM FARBERAl comienzo del nuevo documental “Linda Ronstadt: The Sound of My Voice” (Linda Ronstadt: El sonido de mi voz), la 10 veces ganadora del Grammy habla sobre por qué canta la gente. “Canta”, dice, “de manera que las generaciones venideras no olviden lo que padeció, soñó y con lo que se deleitó la generación actual”. Documentar las luchas, esperanzas y placeres que Ronstadt expresó durante su larga trayectoria tiene un significado especial en vista de su experiencia con el mal de Parkinson, que le robó la habilidad de cantar hace casi una década.“Es extraño tener un proyecto actual —particularmente uno que yo no controlé”, dijo.Control fue lo que permitió a Ronstadt, de 73 años, romper tantas reglas del estrellato de la música pop como hizo. Al mismo tiempo, no hace alarde de sus logros.En una conversación, hizo hincapié en mencionar a los cantantes que ella cree cantaban las canciones mexicanas que adoraba de niña con más habilidad que ella. Estos son extractos editados.-Ha hablado de la influencia del canto de su padre. El documental por fin nos permite escucharlo.-Su voz suena como una combinación de Pedro Infante y Frank Sinatra. Aprendí de niña la mayoría de las canciones en español. Nunca había escuchado los discos, sólo escuché a mi padre cantarlas.-Su primer éxito fue en 1967 con “Different Drum”. El personaje era un andariego que no podía ser domado. ¿Eras esa persona entonces?-Pensaba que era demasiado joven para el matrimonio o algo que se le asemejara. Y continué sintiéndome así hasta que tuve mis propios hijos. Tener hijos te hace crecer.-Conoció a muchas mujeres talentosas, como Emmylou Harris y Karla Bonoff, pero en lugar de competir, colaboró con ellas.-Jamás he visto la música como una competencia. Es una conspiración. La palabra ‘conspiros’ del griego, significa respirar juntos. José Abreu, quien tuvo tanto éxito enseñando a niños a tocar música en Venezuela, dijo que la música es una conspiración para cometer belleza.-La escena de la que surgió estaba dominada por cantautores. Pero usted sólo cantaba. ¿Se sentía cohibida al respecto?-El mundo estaba lleno de tantos buenos compositores, y me agradaba la idea de que podía interpretar la canción de alguien más.-Muchas personas en el documental hablan de lo crítica que es de sus presentaciones grabadas.-Las que grabé me suenan rígidas. Pensaba, “¡canté eso mejor en Cleveland el 6 de febrero!”-Vendió millones grabando canciones mexicanas tradicionales y, sin embargo, cuando los críticos hablan de artistas que trajeron música de fuera de EE.UU. o del reino Unido a la música pop, mencionan a Paul Simon y a Peter Gabriel, pero no a usted. ¿Es frustrante?-¿Qué importa? Mi música no cura cáncer. Pronto habrá desaparecido. Hay mejores intérpretes que puedo recomendar, como Lola Beltrán, Lydia Mendoza y Chavela Vargas.-Antes de que lanzara las canciones mexicanas, muchas personas no conocían su ascendencia. -En 1968 dije que era de ascendencia méxicoalemana. Pero tenía la piel blanca y un apellido alemán así que no era mexicana. Era parte de la forma en que los mexicanos son tratados en esta cultura.-Obviamente, el canto ha sido su pasión desde la infancia. ¿Dónde habita esa pasión ahora?-Escucho música con verdadera pasión. Realmente puedo escuchar la música en mayor detalle. Escucho ópera en YouTube. Pero puedo ver a Anna Netrebko cantar “La Traviata” y luego ver a María Callas cantarla y luego alguien más.© 2019 The New York Times

Fuente