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Censo abolido, código de silencio y censura: cuando Stalin ocultó la hambruna que mató a ocho millones de ucranianos

Dos niños con un saco de papas que encontraron durante la hambruna en Ucrania. La comida había sido escondida por una anciana, que fue asaltada por la GPU (policía secreta) y deportada a Siberia para el acaparamiento de alimentos. Los agentes habían pasado por alto la comida encontrada por los chicos (Daily Express/Hulton Archive/Getty Images)Vladimir Putin copia a José Stalin. Y lo hace paso a paso. Será imprevisible en muchas cosas, pero la hilacha estalinista brilla con tanta intensidad que se hace inocultable, aunque sea una hebra fina.El viernes pasado, Putin se dio un baño de masas en el estadio Luzhinski, de Moscú. Lo ovacionaron más de cien mil personas cuando explicó las razones, falsas, de su “operación especial” en Ucrania a la que no llama ni invasión, ni guerra. El periodista Will Vernon, de la BBC, que no duda acerca del apoyo de muchos de los asistentes al acto, descubrió que otros miles eran funcionarios, maestros, empleados estatales que habían sido obligados a ir al estadio y que ignoraban el verdadero motivo de la convocatoria. A los estudiantes les habían prometido “un día libre” de clases, si aceptaban ir a “un concierto”: el concierto de Putin.Hay más. El diario español El País reveló ayer que el gobierno de Putin dictó una serie de leyes “draconianas, aprobadas por el Kremlin”, que sanciona con hasta quince años de cárcel a quien cuestione la versión oficial de la guerra y castiga con penas parecidas a quienes “diseminen información no oficial”.Stalin hizo lo mismo, y peor, con la hambruna que mató a cerca de ocho millones de ucranianos entre 1931 y 1933. Si Putin no cumplió todavía con las demandas de su mentor, es por falta de tiempo y no de voluntad. Como Putin con la guerra, Stalin prohibió hablar de la hambruna en Ucrania, dictada por él mismo para cumplir con la “colectivización” de la agricultura. La hambruna no existió ni en los discursos, ni en los documentos oficiales, ni en los diarios de la época. Los soldados ucranianos del Ejército Rojo dejaron de recibir cartas de sus familiares. Años después, cuando esas cartas confiscadas fueron halladas y hechas públicas, se enteraron del drama que habían vivido sus familias: muchas habían muerto.El código de silencio fue comprendido de inmediato porque estaba fundado y sostenido por el terror. “En el trabajo no se hablaba de la hambruna o de los cadáveres que había en las calles, como si todos fuésemos parte de una conjura de silencio. Hablábamos de las terribles noticias sólo con los amigos más fieles y de confianza”, reveló uno de los testigos ante el Congreso de los Estados Unidos y la Comisión sobre la Hambruna Ucraniana que funcionó en los años 80. Stalin ordenó también que médicos y enfermeras “se inventasen algo” para extender los certificados de defunción de las víctimas de la hambruna y que, en los casos de muerte por inanición, certificaran que la muerte se había producido por una enfermedad infecciosa o por un paro cardíaco.En Odessa, hoy bombardeada por las fuerzas de Putin, desaparecieron en 1934 todo los libros de registro de defunciones que se archivaban en los consejos municipales. Lo mismo sucedió en Járkov, también hoy bajo las bombas de Putin, ciudad en la que los funcionarios soviéticos reclamaron los libros de registro de las muertes ocurridas entre noviembre de 1932 y finales de 1933, con la excusa de que esos libros estaban “en manos de elementos hostiles a la clase obrera”.Un caballo muerto durante el Holodomor en Ucrania. La gente comía ratas, hormigas, animales muertos y basura (Daily Express/Hulton Archive/Getty Images)En el gobierno de Stalin, eliminar cualquier prueba o referencia a la hambruna fue una cuestión de disciplina partidaria y de lealtad personal a Stalin y a su régimen. Cuando el cónsul japonés en Odesa quiso información oficial sobre las precarias condiciones de vida de la población, le contestaron que, en efecto, “hay una escasez de alimentos, pero no una hambruna”.Lo que era difícil era ocultar a los muertos. No los cuerpos, que fueron enterrados en fosas comunes sin señalar. El drama eran los números y el efectivo y disciplinado servicio de estadísticas de la Unión Soviética. En 1937 hubo un censo. Y un drama. En 1934, la propaganda soviética había calculado con entusiasmo que la población de la URSS era de ciento sesenta y ocho millones de personas. Y proyectaron para 1937 una población total de ciento setenta millones. o de ciento setenta y dos: un símbolo del progreso y el bienestar del régimen.Pero cuando los datos reales del censo estuvieron disponibles, demostraron que la población seguía anclada en ciento sesenta y dos millones de habitantes: faltaban ocho millones de personas entre las que se contaban no sólo a los muertos por la hambruna, sino a los nonatos por la muerte de sus padres y que la optimista proyección de 1934 daba por nacidos. Un informe preliminar de aquel censo indicó, con mucha cautela y una temerosa prudencia, que los niveles de población “están quizá por debajo de lo previsto en Ucrania, en el Cáucaso Septentrional y en la región del Volga”, las zonas donde la resistencia campesina a entregar las cosechas al Estado había sido más tenaz.Los líderes soviéticos empezaron a ponerse nerviosos. Impidieron a los empleados de las oficinas estadísticas dar cualquier tipo de información. La orden fue: “No se puede publicar ni una sola cifra del censo”. Pero, ¿qué hacer con la propaganda? Los diarios partidarios habían anunciado un veloz aumento de la población, “evidencias del crecimiento del nivel de vida de los obreros tras diez años de nuestra heroica lucha por el socialismo”. Y de todo eso, había nada. A los estadísticos soviéticos no había que ordenarles nada: estaban dispuestos a no abrir la boca por temor a ser considerados “transmisores de un mensaje negativo”, y por tanto, verdaderos enemigos del pueblo.“Los niños morían de hambre. Y los padres, muy próximos también a la muerte por inanición, cocinaban los cadáveres de sus hijos y se los comían. La debilidad los sumía en un profundo embotamiento. Luego, cuando se daban cuenta de lo que habían hecho, enloquecían”Cuando Stalin supo de los resultados del censo, lo abolió. La publicación de los números se frenó en las imprentas y los resultados jamás vieron la luz. El Comité Central de Partido Comunista de la Unión Soviética, decretó que el censo se había organizado “de manera incorrecta y poco profesional”, y que se trataba de “una grave violación a los fundamentos básicos de la ciencia estadística”. Una revista, Bolshevik, afirmó que el censo había sido “alterado por despreciables enemigos del pueblo, espías trotskistas y traidores a la patria, infiltrados todos en la jefatura del Directorio Central de Contabilidad Económica del Pueblo”. Iván Krával, director del Instituto Soviético de Estadística, fue arrestado y fusilado en septiembre de 1937, destino que siguieron sus colegas más cercanos. Centenares de funcionarios de los territorios rusos fueron despedidos, muchos ejecutados, en especial en Ucrania y Kazajistán. Mijailo Avdienko, director de la revista Estadística Soviética, fue arrestado en agosto y ejecutado en septiembre de ese año. Y también fue fusilado Olexándr Askatin, jefe del departamento de Economía de la Academia de Ciencias de Ucrania.Ocultar la hambruna en el extranjero fue tarea más difícil. Las denuncias cruzaban la frontera de la URSS en cartas desesperadas que enviaban las víctimas y eludían de alguna forma la censura, a veces llevadas fuera de la URSS por viajeros. Ya en 1933 un diario ucraniano publicado en Polonia denunció la hambruna como “un ataque contra el movimiento nacional ucraniano”. Los ucranianos dispersos por el mundo revelaron la gran tragedia que se había abatido sobre su tierra. Algunas llegaron a la Casa Blanca del recién llegado presidente Franklin D. Roosevelt, como la enviada por el Consejo Nacional Ucraniano en 1933. En ese año, el Vaticano recibió por escrito dos denuncias anónimas sobre la hambruna que el Papa Pío XI hizo publicar en L’Osservatore Romano. El mundo de la diplomacia, el de las iglesias cristianas y Estados Unidos tuvieron información directa sobre la hambruna. Hicieron poco y nada. Enfrentaban un dilema mayor: el ascenso de Adolfo Hitler y los ímpetus belicistas del nuevo canciller alemán. Acaso los consejeros de Roosevelt pensaron en la URSS como un eventual y futuro aliado si Estados Unidos debía, otra vez, ir a la guerra en Europa. Es probable que el Vaticano de Pío XI -Pío XII llegaría al trono de Pedro en 1939, meses antes de la Segunda Guerra Mundial- haya temido que un pronunciamiento duro contra la Unión Soviética por la hambruna ucraniana, diera al mundo la impresión de que el Papa apoyaba a la Alemania nazi.La prensa extranjera acreditada en Moscú empezó a sufrir los embates de la censura y las presiones nada disimuladas del Kremlin. Los corresponsales en Moscú necesitaban de un permiso del Estado para vivir en la capital y para enviar sus artículos a sus periódicos: sin una firma y un sello oficial del departamento de prensa, el telégrafo soviético no enviaba un solo reporte al exterior.Empezó a funcionar la censura. Así como Putin hoy castiga con la cárcel a quien hable de guerra contra Ucrania o de invasión rusa a ese país, Stalin prohibió hablar de la hambruna ucraniana, de las muertes por hambre y del hambre en general. Algo sí se podía decir, autorizado por el régimen: “déficit alimentario, grave escasez de alimentos, falta de comida, enfermedades causadas por la desnutrición”, pero nada más.Dos campesinas recolectando granos caídos en una granja colectiva cerca de Belgorod, durante la hambruna. El eslogan oficial decía: “Los rusos tienen hambre, sí. Pero nadie se muere” (Daily Express/Hulton Archive/Getty Images)Los periodistas negociaban su precaria vida en la URSS con el responsable soviético de la prensa extranjera, Konstantin Umansky. En su revelador Hambruna roja, la historiadora Anne Applebaum cita a William Henry Chamberlin, corresponsal entonces del “Christian Science Monitor” y a sus dilemas: “Trabajamos con una espada de Damocles en la cabeza, bajo la amenaza de expulsión del país o la denegación del permiso para volver a entrar, lo que equivale a lo mismo”.Existía un régimen de premios y castigos para los corresponsales extranjeros. Walter Duranty, enviado del The New York Times a Moscú entre 1922 y 1936 aprovechó los beneficios que daba la obediencia y se hizo famoso, y rico, con su adhesión a Stalin, un servilismo que ni siquiera estaba ceñido a una simpatía ideológica. Duranty dijo en un reporte sobre la colectivización de las granjas ucranianas y sobre el menú al que se veían condenados los ucranianos: “Se puede objetar que la vivisección de animales vivos es algo triste y espantoso, y es cierto que la gran cantidad de kulaks y otros que se han opuesto al experimento soviético no es feliz. Pero en ambos casos, el sufrimiento infligido se hace con un propósito noble”.Duranty, afirma Applebaum, “tenía un piso grande, tenía un coche y una amante, tenía el mejor acceso que cualquier corresponsal y recibió en dos ocasiones codiciadas entrevistas con Stalin. (…) Sus notas desde Moscú lo convirtieron en uno de los periodistas más influyentes de su tiempo”.La opinión de Duranty, británico de nacimiento, fue muy útil a Stalin, lo que no impidió que los funcionarios soviéticos lo visitaran en su piso a finales de 1932, lo que provocó cierta inquietud en el corresponsal. Duranty miraba y veía lo que quería. Para su colega Chamberlin, “oficialmente no hubo hambruna, pero para cualquiera que haya vivido en Rusia en 1933 y haya mantenido los ojos y los oídos abiertos, la hambruna no está en duda”. Para William Strang, diplomático británico, las notas de Duranty habían “despertado a la verdad durante algún tiempo, aunque no habían permitido que el gran público estadounidense supiese lo secreto”. Y lo secreto eran cerca de ocho millones de muertos.”Los caminos que llevaban al Donbás estaban cubiertos de cadáveres. Había aldeanos muertos en las carreteras, en las cunetas y en los caminos. Había más cadáveres que personas para moverlos”, dice un párrafo del libro “Hambruna roja”La contrapartida de Duranty, que ganó un Pulitzer por callar, fue otro británico, Gareth Jones, un galés de 27 años que viajó a Ucrania en 1933. Hablaba ruso, francés y alemán y era secretario privado del ex primer ministro David Lloyd George. Jones conoció a Umansky, el poderoso jefe, y censor, de los corresponsales extranjeros en Moscú, y consiguió un permiso para visitar Ucrania.Trepó a un tren en Moscú el 10 de marzo de 1933 pero se bajó a ochenta kilómetros de la hoy bombardeada Járkov: llevaba una mochila cargada con pan, manteca, queso, chocolate, comprado todo en Moscú con libras esterlinas. Siguió las vías del tren y anduvo por no menos de veinte pueblos y granjas colectivas, en el momento más grave de la hambruna. Anotó todo en cuadernos que pasaron luego a manos de su hermana. En ellos revela sus diálogos con los campesinos ucranianos que le decían que no tenían pan, que hacía meses que no comían pan, que se acababan sus reservas de remolacha, que el ganado se moría de hambre porque no hay con qué alimentarlo. No podían sembrar porque no tenían caballos. Un campesino le confesó que hacía ya un año que no comía carne. Así siguió hasta que lo arrestaron los milicianos comunistas y, pese a los sellos y permisos oficiales, lo metieron en un tren y lo llevaron a Járkov. Quedó libre gracias a los servicios del consulado alemán y fue testigo del hambre en esa ciudad. Prudente, escapó de la URSS y el 30 de marzo apareció en Berlín y denunció todo en una conferencia de prensa.Todo lo que dijo Jones fue tomado por los diarios americanos The New York Evening Post y el Chicago Daily News que titularon “La hambruna se apodera de Rusia, millones mueren, la inactividad aumenta, dice el británico” y “La hambruna rusa es ahora mayor que la de 1921, dice el secretario de Lloyd George”.En la URSS estaban furiosos con Jones, a quien le habían facilitado todo y a cambio habían recibido lo que juzgaban una traición. De inmediato, el Kremlin prohibió que los periodistas viajasen fuera de Moscú, furiosos con Jones porque había dicho lo que ellos callaban. Hicieron pedazos a Jones. El corresponsal de United Press en Moscú, Eugene Lyons, que había sido un marxista devoto, admitió: “Derribar a Jones fue una tarea tan desagradable como la que nos tocó a cualquiera de nosotros en años de hacer malabarismos con los hechos para complacer a los regímenes dictatoriales, pero lo hicimos, por unanimidad. El pobre Gareth Jones debe haber sido el ser humano vivo más sorprendido cuando los hechos que tan minuciosamente obtuvo de nuestras bocas quedaron cubiertos por nuestras negaciones”.Vladimir Putin se para frente a una bandera con imágenes de los líderes soviéticos Vladimir Lenin y Joseph Stalin en una fotografía del 6 de marzo de 2020 (Sputnik/Aleksey Nikolskyi/Kremlin via REUTERS)El primero en denostarlo fue Duranty, que envió un artículo al The New York Times titulado: “Los rusos tienen hambre, pero no mueren de hambre”. Así fue publicado.Furioso, Jones envió una carta al director del The New York Times, en las que enumeraba sus entrevistas y a sus fuentes, más de veinte cónsules y diplomáticos, y atacó a sus colegas acreditados en Moscú: “La censura los ha convertido en maestros del eufemismo y la subestimación. Por lo tanto, le dan a “hambruna” el nombre cortés de “escasez de alimentos” y “morir de hambre” se suaviza para que se lea como “mortalidad generalizada por enfermedades debidas a la desnutrición”.En 1935 Jones fue secuestrado y asesinado por delincuentes chinos durante un viaje a Mongolia. Lo de “los rusos tienen hambre pero no mueren de hambre” se convirtió en una verdad aceptada, y aceptable, en un mundo que empezaba a preocuparse por Hitler y acordaba olvidar a Ucrania. Applebaum sostiene que, con eso, el encubrimiento de la hambruna ucraniana estaba completo. Stalin se había salido con la suya.El proceso de ocultación y de destrucción de la identidad ucraniana siguió con la eliminación en los años del Terror Soviético de la elite intelectual, política y científica de Ucrania: académicos, escritores, líderes políticos, pensadores, todo aquel y aquello que pudiera ayudar a enraizar la cultura y la lengua y la identidad ucraniana fue arrasada “para que la revolución del pueblo fuese posible”.Ucrania no fue destruida, su idioma no desapareció, sus tradiciones, sus leyendas, sus deseos de independencia. Putin vuelve a intentar hoy lo que Stalin dejó inconcluso y ataca a civiles, bombardea maternidades y por eso su guerra ya lleva más de ciento cincuenta chicos ucranianos asesinados.Puede hacerlo aún peor. Es sólo cuestión de tiempo.SEGUIR LEYENDO:La criminal obsesión rusa con Ucrania: gente que comía ratas, perros y hasta a sus hijos en la brutal hambruna de StalinLa caída y el colapso de la URSS: cómo se disolvió la “Rusia histórica” que quiere restaurar Putin

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Rob Roy, el Robin Hood escocés: perdió todo, fue perseguido y su lucha lo convirtió en leyenda

Héroe, delincuente, defensor de los humildes: así describieron a lo largo de la historia al escocés Rob RoySu leyenda se construyó en base a un mal cálculo. Ese ganadero escocés, inconfundiblemente pelirrojo, pidió dinero prestado para acrecentar su negocio. La pequeña fortuna de mil libras esterlinas que le cedieron se perdió en el camino y es probable que un amigo suyo haya desaparecido con ella. De próspero ganadero se convirtió en un proscripto, prófugo y delincuente.Y también en leyenda.Robert Roy MacGregor nació en 7 de marzo de 1671 en Glengyle, en una casa que aún se conserva y que se ve desde varias millas en la orilla sur del Lago Katrine, a una hora y media en automóvil desde Edimburgo.En realidad su nombre en gaélico era Raibeart Ruadh, que significa “Roberto el Rojo”, por su color de cabello.Pertenecía a un clan que durante siglos fue el azote de los Trossachs, una región paradisíaca plagada de pequeños valles, bosques y ríos, hoy convertido en un parque nacional.Desde pequeño, Rob Roy aprendió a leer y a escribir y se familiarizó en el uso de la espada. La desenvainó a los 18 años en la batalla de Killiecrankie. Fue cuando el rey católico Jacobo VII de Escocia y II de Inglaterra e Irlanda fue depuesto para entronar a los monarcas protestantes Guillermo III y a María II. Las rebeliones que estallaron, conocidas como “Levantamientos Jacobitas”, destinados a restaurar al rey de la Casa de los Estuardos y a sus sucesores en el trono de Gran Bretaña, lo tuvo como partícipe.El 1 de enero de 1693 se casó con Helen Mary. El matrimonio tuvo cuatro hijos –James, Ranald, Coll y Rosbert, y un primo al que adoptaron, Duncan- y vivían cómodamente. Él repartía su tiempo como ganadero y ofrecía protección a sus colegas contra el robo de animales a cambio del cinco por ciento de la renta anual de sus clientes.Rob Roy participó en los levantamientos jacobitas. Tenía entonces 18 añosFueron tiempos de paz en su granja en Invernaid, a orillas del lago Lomond. Vivía bajo el patrocinio de James Graham, primer duque de Montrose.Pasaron tiempos de bonanza como de hambruna, que los pudo superar. Cuando en 1702 su padre falleció, Rob Roy se convirtió en la cabeza del MacGregor, un clan cuyos orígenes hay que buscarlos a principios del año 800. No le alcanzó con el negocio floreciente que desarrollaba, sino que convenció al duque de Montrose que le prestase mil libras esterlinas. Con ese dinero compraría más ganado, lo engordaría y lo vendería a buen precio. El duque, dubitativo, exigió garantías y Rob Roy ofreció sus tierras como aval.Hoy es parte de un parque nacional, pero en los tiempos de Rob Roy, la región de Trossachs fue escenario de sus andanzas.No se sabe a ciencia cierta si gastó el dinero en otra cosa o si se lo dio a un amigo quien, al ver semejante suma, la tentación fue demasiada y desapareció con él.Le dijo a Montrose que no podría pagarle la deuda. El noble ofreció una solución: que diera falso testimonio contra su enemigo, John Campbell, duque de Argyll.Se negó. De un día para el otro, de próspero ganadero se transformó en un prófugo y proscripto.Montrose no se quedó quieto. Lo mandó a perseguir, pero encontró refugio en las tierras de Glenshire, propiedad de Argyll. Mientras tanto, Montrose desalojó a su familia, hizo quemar su casa y hasta se cuenta que su esposa fue violada.Cuando se reencontró con su familia, se dedicó al robo de alquileres que grandes arrendatarios –no se metía con los pequeños- debían pagarle a Montrose y aprovechaba para robarle ganado al noble escocés. Tres veces fue capturado y otras tantas logró huir.Como los relatos de la vida de criminales célebres eran muy buscados por el público inglés de principios del siglo XVIII, es probable que el libro que apareció cuando aún Rob Roy vivía The Highland Rogue, algo así como El bandido de las Tierras Altas, que llevaba el subtítulo de O las memorables acciones del célebre Robert Mac Gregor comúnmente llamado Rob Roy, ayudase a convertir su vida en una suerte de leyenda, que muchos compararon a la de Robin Hood.La obra, atribuida al escritor y periodista Daniel Defoe, es de 1723 y lo pinta como un hombre corpulento, con una larga cabellera roja, de una personalidad encantadora, audaz y pícaro. Cuenta que la gente humilde lo veía como uno de ellos y tomaba a bien que robase a causa de las injusticias cometidas por un noble avaro e insensible. Fue difícil capturarlo porque todos le tenían afecto y lo ocultaban, y nunca había sido traicionado.Fue gracias al rey Jorge I que el escocés fue dejado libre, luego de estar cinco años en la cárcelFinalmente, en 1722, se entregó. Cuando llevaba cinco años en una celda, el general británico George Wade, usando algunos de los argumentos del libro, persuadió al rey Jorge I de perdonarlo, cosa que ocurrió en 1727. En ese mismo año fallecería el monarca inglés, a los 67 años.Rob Roy le dijo adiós a sus andanzas y se estableció en la aldea de Balquhidder. Falleció allí el 28 de diciembre de 1734 en su casa de Inverlocharig Beg.En su tumba, que se conserva y que es la atracción del pequeño cementerio, están los restos de su esposa y de dos de sus hijos. Está marcada con tres grandes piedras planas. Una de ellas es contemporánea, pero las otras dos fueron parte de monumentos sepulcrales medievales.La tumba de Rob Roy. Está en el cementerio de la aldea donde falleció en 1734.Siempre hay flores o recuerdos en la tumba. A muchos le agrada la idea de identificarlo con el Robin Hood escocés, elevándolo al altar donde se encuentra William Wallace, quien bregó por la independencia escocesa en los tiempos del rey inglés Eduardo I. Ambos fueron inmortalizados por la vieja tradición escocesa y hasta por el cine.Hay una estatua dedicado a él. En su país se refieren a él como una persona que estuvo fuera de la ley y como un héroe local.Esta suerte de héroe escocés hasta tiene un cocktail, en base a whisky y vermouth. Walter Scott, considerado uno de los precursores de la novela histórica, recreó en 1817 su historia, plagada de aventuras, injusticias y épicas batallas, que bien califica como una vida de leyenda.

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El mini reino gay y lésbico que se separó de Australia: “Soy lo que soy” fue su himno y su bandera la del arcoíris

El emperador Dale Parker Anderson y la bandera del arcoíris en el momento de fundación del Reino como reacción a la discriminación y falta de reconocimiento del gobierno australianoCada vez que hay un gran evento deportivo –un Mundial, un Juego Olímpico- además de lo que se dirime en las competencias se establece otro virtual certamen. Al tener la posibilidad de escucharlos con cierta frecuencia y todos juntos, el público se pregunta qué país tiene el mejor himno nacional. Están el Oíd Mortales y todas las canciones nacionales sudamericanas que se regodean en lo pomposo; Star Spangled Banner y God Save The Queen por el lado anglosajón; y también la preferida de muchos por méritos propios y por aquella escena de Casablanca (y también, claro, la de Escape a la Victoria): la Marsellesa. Pero no vale más la pena discutir cuál es el mejor himno. Esa discusión terminó. El Reino Gay y Lésbico de las Islas de Coral Sea (Gay and Lesbian Kingdom of the Coral Sea Islands) es el indiscutible ganador. Y si alguien lo escucha no sólo lo puede tararear de inmediato, sino que también cantará su letra tanto en inglés como en español. I Am What I Am. Soy lo soy no tengo que dar excusas por eso. La versión que se convirtió en la oficial del Reino es la más conocida de todas. La de Gloria Gaynor (la canción original formaba parte de la obra La Jaula de las Locas). El único país en tener como himno un tema disco. Jerry Herman, autor de la canción, cedió su utilización con mucho placer y orgullo. En recompensa obtuvo un título nobiliario de este reino.Los símbolos nacionales se completaron con otra elección obvia: la bandera del arcoíris fue elegida como enseña patria.El Reino Gay y Lésbico de las Islas de Coral Sea, que queda en el Pacífico, al noroeste de Australia, fue una micronación de vida fugaz. Se declaró su independencia en 2004. Y se disolvió 13 años después. En 2004, el Parlamento Australiano convalidó una ley que negaba derechos a los matrimonios homosexuales. El estado no reconocía las uniones de personas del mismo sexo. Eso, además de lo simbólico y del mensaje discriminatorio, tenía consecuencias prácticas complejas y perjudiciales para los que integraban esas parejas: carecían de derechos sucesorios, en caso de emergencias médicas no podían decidir sobre la vida de su pareja- sin importar los años de convivencia-, tampoco accedían a cobertura médica familiar y no podían adoptar hijos. Pocos días después de esta ley, ocurrió la secesión. Un grupo de activistas homosexuales tomó el arrecife Cato, una de las islas del Mar Coral. Y declaró el nacimiento de este particular Reino. La declaración de independencia, entre otras cosas, decía: “Australia mantiene leyes espantosas contra los homosexuales. Vivimos en un régimen similar al Apartheid que no se basa en el color de la piel sino en el color de nuestra sexualidad. La homofobia es racismo sexual. La homosexualidad no es un comportamiento que deba ser regulado. Es una identidad que debe ser respetada. Nosotros somos personas antes que nada. Trabajamos, vivimos nuestras vidas, amamos y tenemos relaciones. Tenemos familias”.Las banderas del arcoíris y la isla. Un símbolo de esta micronación que tuvo 13 años de existenciaEsta iniciativa no sólo se produjo por esta ley. El estado australiano había demostrado en las últimas décadas una vocación por ignorar a los homosexuales y por negarle acceso a posibilidades e instituciones. El primer ministro lo había explicitado cuando se debatió una nueva ley de adopción: “Los homosexuales no pueden tener los mismos derechos que las parejas heterosexuales. Sus elecciones de vida hacen que dejen de lado algunas posibilidades, como la de criar hijos”Esta declaración y la historia particular de este caso surgen del Atlas de Micronaciones de Graziano Graziani, recientemente editado por Ediciones Godot y traducido por el escritor Guillermo Piro. El libro reúne decenas de casos de estos pequeños sitios formados por un personaje o por un grupo chico de gente con pretensiones de ser reconocidos soberanamente. Algunos de estos fundadores sufren de delirios de grandeza, otros buscan un beneficio propio, están los que sólo son sofisticados estafadores y hasta los que lo hacen con aspiraciones artísticas. Una característica que comparten las micronaciones es que la historia de cada una de ellas parece obra de la ficción, inventada por una mente con mucha imaginación, pero todas son estrictamente reales como las de la Isla de Sark o la de Sealand.La placa en Heaven, el lugar central de la Isla de Cato, que rememora el momento de la fundación del reino, el momento en que se izó la bandera por primera vez en 2004Este Reino que nos ocupa surgió no de la picardía o de las ansias de buscar ventaja o evitar impuestos, sino de la necesidad de que los derechos de las minorías fueran reconocidos.La elección de estas islas no fue casual. Su particular status jurídico permitía la acción y posibilitaba que tuviera, además, la visibilidad que ellos necesitaban. Y que no se tratara nada más de una rareza.Las islas eran consideradas como Territorios de Ultramar; pertenecían al Commonwealth pero no integraban estrictamente Australia. Eso evitaba que sus fundadores fueran señalados y juzgados como traidores a la patria.Si bien el archipiélago es bastante extenso, el Reino Gay y Lésbico de las Islas de Coral Sea se instaló en Cato, a la que nombró ciudad capital. Una isla diminuta de tres kilómetros cuadrados de superficie. Una de los pocos lugares a los que se podía acceder de esos atolones y acantilados. Al sector principal se lo bautizó Heaven (Cielo), que además de la acepción celestial era el nombre de un muy reconocido boliche gay de Londres.Sus residentes sólo podían habitar el territorio en las temporadas más benignas climáticamente del año. Sus actividades no eran demasiadas dada la hostilidad del territorio.Tenían, como toda nación que se precie, además de sus símbolos, su propia moneda: era el dólar rosa. La principal actividad económica, por llamarla de alguna manera, era el turismo. El avistaje de aves, el buceo (se promocionaba que el pez payaso, el de Buscando a Nemo, era un pez transexual que cambiaba de sexo luego de la muerte de la hembra) y el disfrute de su playa, que se convirtió en un balneario con población exclusivamente homosexual. Otra manera de recaudar que tenían era la filatelia. El Reino tenía sus propias estampillas. Siempre coloridas, con distintas formas y diseños de la bandera del Arcoíris, alguna imagen de la isla y no mucho más. Por extrañas y escasas se convirtieron en las preferidas de muchas filatelistas y su cotización aumentó con el correr de los años.La creación de este nuevo estado se basó en un principio de la legislación anglosajona. El del Enriquecimiento Injusto (Unjust Enrichment) que sostiene que si algo es tomado (o sacado) de manera injusta, se puede obtener por los propios medios una compensación. Y, también, que las poblaciones oprimidas pueden autogobernarse. El diseño jurídico del reino buscó inspiración en modelos bien conocidos. La declaración de la independencia repetía párrafos enteros de la de Estados Unidos. La ciudadanía se obtenía, como en los inicios del estado israelí, automáticamente, sólo por pertenencia y expresando su deseo de ser ciudadano del Reino. Eso sí, para justificar su status jurídico hubo que alcanzar algún absurdo como que el Reino Gay y Lésbico de las Islas de Coral Sea le declarase la guerra a Australia, única manera de justificar su separación.Sus autoridades enviaron la declaración de guerra varias veces y en distintos formatos a los gobernantes australianos. Pero la respuesta oficial de Australia nunca llegó. Ignoró de todas las maneras posibles los requerimientos de la nueva micronación. Un auténtico ghosteo estatal. Sin embargo, las autoridades del Reino consideraron que la falta de respuesta, el silencio, lo que hacía era reconocer su existencia como estado, una aceptación tácita. Esta declaración de guerra tuvo un solo reconocimiento oficial australiano. En el parlamento, unos años atrás se izó la bandera del arcoíris y un legislador conservador exigió que fuera quitada porque era la bandera de un estado beligerante.Dale Parker Anderson fue nombrado emperador del reino. Se adujo un dudoso parentesco con un rey inglés del siglo XIII del que se supone que era homosexualY como sus fundadores no se conformaban con poco, la máxima autoridad del Reino era el Emperador. Como tal fue nombrado Dale Parker Anderson, un activista que junto a otros viajó a la isla para hacer su simbólico acto de posesión en un barco que bautizaron el Gayflower, en referencia al histórico Mayflower. Su primer acto de gobierno, el 14 de junio de 2004, fue sacarse una foto en la que se percibe la aridez de la Isla de Cato y sus vientos algo hostiles, mientras sostiene con esfuerzo la bandera colorida que va a izar. Una placa en el lugar recuerda el momento: “El 14 de junio de 2004, en el punto más alto de Coral Sea, el emperador Dale Parker Anderson izó la bandera del arcoíris y declaró que las Islas de Coral Sea son el hogar de todos los gays y lesbianas de todo el mundo. Dios salve a nuestro rey”.Para entronizar a Parker Anderson se esgrimió, además de su militancia de años, un lejanísimo y muy dudoso parentesco con Eduardo II de Inglaterra, monarca del Siglo XIII que se supone era homosexual.Esta micronación se disolvió en noviembre de 2017, cuando sus fundadores, consideraron que su misión se había cumplido. Ese mes el estado australiano, después de años de postergaciones, aprobó y legalizó el matrimonio entre personas del mismo sexo.SEGUIR LEYENDO:11 insólitos países inexistentes que reclaman el reconocimiento mundialLa insólita historia del país más pequeño del mundo: una plataforma marítima, un príncipe estrafalario y el asesino de Versace

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Filtraron su teléfono en un chat erótico y la grabaron debajo de la pollera: Cumbio, a 13 años del boom “flogger”

Agustina Vivero, más conocida como “Cumbio”, durante el boom floggerFue en el año 2006, parece ayer y, a la vez, la Prehistoria. Fue el año del “no a las papeleras”, el año de la segunda desaparición de Jorge Julio López, el año de la destitución de Aníbal Ibarra por la masacre de Cromañón, el año en que Néstor Kirchner todavía era presidente. Todo eso pasaba en el país mientras una chica de 15 años que vivía en un conventillo de San Cristóbal le rogaba a sus padres -ama de casa ella, plomero él- que le compraran una computadora.La familia Vivero había llegado desde Corrientes “con una mano atrás y otra adelante”, por eso vivían en una pieza de prestado y compartían el baño con otras 10 personas. Los padres de Agustina no sólo le dijeron que no podían comprársela: no terminaron de entender “qué era eso de Internet” que ella había escuchado en la televisión, ni para qué lo quería.De pequeña en el conventillo en el que vivíaLa escena -doméstica, mínima- es el kilómetro cero de lo que poco después fue el fenómeno “flogger” en Argentina, que empezó en el Fotolog -que ya sí es parte de la Prehistoria de las redes sociales- y se extendió hasta las escalinatas del Abasto.También es el origen de todo el “lado B” de aquel boom de las “tribus urbanas”: del día en que la amenazaron con un bate mientras caminaba con su novia, del día en que la filmaron debajo de la pollera del colegio y del mensaje cifrado que le llegaba cada vez que un hombre le mandaba fotos de sus genitales: “Lesbiana de mierda”, así lo traduce ella.Se sacaban las fotos con cámaras digitales porque no existían los smartphonesBesos entre ellasQuien habla con Infobae es Agustina Vivero, la chica que hace 13 años imponía un corte de pelo lacio, parado y pegado mientras se hacía conocida como “Cumbio”. La misma que ahora tiene 30 años, una novia con la que convive y con la que desea ser madre y madre y una empresa que le maneja el perfil digital a famosos -Tinelli, Mirtha Legrand- en la que es, básicamente, la jefa.La escena que sigue en la cronología del boom “flogger” también es mínima pero ella la define como “un pico en mi vida”. Fue el día en que abrió la puerta y su papá, que volvía de comprar inodoros y bidets en un remate judicial, traía una computadora amarillenta para ella: una carcasa gigante con Windows 95 a la que no se le podía poner Internet y que conservaba adentro miles de planillas de Excel de una empresa quebrada.Agustina en una foto actual, que ya tiene 30 añosAgustina todavía pagaba 25 centavos para navegar en un ciber cuando armó su perfil en Fotolog, una suerte de blog que llegó a ser el sitio de publicación de fotos más grande del mundo y que terminó oficialmente noqueado y sepultado por la llegada de Facebook e Instagram, hace ya cinco años.“Ahora, con la distancia, creo que mi Fotolog empezó a crecer por dos cosas. Yo había pasado por tres colegios y soy bastante amiguera, entonces muchos amigos me seguían. Y creo que lo que le dio algo distintivo, un plus, es que yo subía fotos besándome con mi novia de ese momento”, dice a Infobae.En su fotolog subía fotos besándose con quien era su noviaMostrar su orientación sexual provocó dos efectos opuestos. “En esa época no se hablaba de esos temas en las casas y muchas chicas me escribían para decirme que les pasaba lo mismo pero siempre habían creído que eso no era posible: una chica de novia con otra chica”, recuerda. Mientras muchos y muchas le agradecían ese “despertar”, el otro efecto de mostrarse abiertamente lesbiana fue un alud de violencia.Mientras sus seguidores aumentaban -arrancó con 4.000 y llegó a los 250.000- el fenómeno de los “floggers” (viene de “flog”, el apócope de Fotolog) atravesaba los monitores y reunía a miles de adolescentes con chupines de colores en las escalinatas del Abasto.Esos raros peinados con los que fueron identificadosPor prestarle atención a la ropa y a los peinados, por poder darse el lujo de tener cámaras digitales y computadora, los acusaban de ser “los nuevos chetos”, lo que a Agustina le da risa: “Seguro nadie se acuerda pero lo del Abasto arrancó en verano. ¿Sabés por qué? Porque éramos los chicos que no teníamos para irnos de vacaciones”.“Cumbio” -su apodo se debe a su gusto por la cumbia villera- ya tenía una computadora con Windows 98 y había logrado que un vecino le prestara una tarjeta de crédito para ascender a “gold” en la red social. Sabía, además, cómo manejar su imagen, la base de lo que hace hoy:Para esta época, Cumbio ya tenía un perfume y un esmalte de uñas con su nombre“Yo veía que las fotos tenían que tener contrastes de colores entre la ropa y las paredes, pero en las mías se veía la humedad del baño, la pared de revoque, la ropa era siempre la misma. Entonces me iba a lo de mi hermano, me ponía su ropa nueva y me la enganchaba atrás con broches para que pareciera mía”.Entre 2008 y 2009 la invitaron de distintos programas de televisión, publicó su libro “Yo Cumbio”), la convocaron para una campaña para concientizar sobre la prevención del VIH, salió un perfume con su nombre artístico, un esmalte de uñas, actuó en teatro, filmó publicidades, hicieron un documental sobre su vida (aparecía besándose con su novia, por lo que en República Dominicana, por ejemplo, prohibieron proyectarlo en las escuelas).La editorial Planeta publicó un libro con su historiaIncluso un periodista del New York Times viajó a Buenos Aires sólo para hacer un perfil de la chica a la que llamó “un torbellino”.En la nota, titulada “En Argentina, una cámara y un blog hacen una estrella” y publicada cuando Agustina tenía 17 años, el periodista citó una frase de ella: “Cuando la gente me ve en la calle, algunas veces llora o quiere abrazarme o besarme. O me odia. Todo es muy sorprendente”.Ahora, en una entrevista con Infobae, Agustina vuelve a eso: “Es que me tocó todo lo bueno pero también todo lo malo”, arranca.“Quiero fotos calientes”Pasó del conventillo a conocer el mundo“En aquella época, todo lo que yo representaba estaba mal. Estaba mal escuchar cumbia villera, después se puso de moda. Estaba mal haber salido de las redes sociales, porque en la tele la acusación era ‘¿y vos qué hiciste para estar acá?’, ‘no vas a llegar a ningún lado’, para colmo yo era pobre”, piensa ahora, y sigue:“Y estaba mal, sobre todo, ser lesbiana. De hecho, me daba miedo ver las caras de algunos cuando lo decía, cómo me trataban, así que al principio decía que era bisexual, mentira. Creo que la sociedad no estaba preparada para lo que fue Cumbio “.Ahora eligió estar detrás de cámarasLa fama seguía en ascenso. Cumbio se iba de vacaciones por primera vez, sí, pero a “La Bristol”, y no terminaba de entender por qué otros adolescentes se le tiraban encima, mataban por una foto con ella, lloraban. “Yo no me había preparado para ser una persona con semejante exposición. No quería ser actriz, no lo deseaba, no quería ser una estrella de rock y no sabía cómo manejarlo”.En paralelo, el “lado B” avanzaba. “Me sentí muy sola en muchas cosas. Nunca me olvido del día en que filtraron mi teléfono en un chat erótico. Fue una de las primeras veces que lloré mucho, era horrible sentir que alguien te podía hacer lo que quisiera y que no tenías cómo defenderte. Yo veía a mi mamá llorar, nadie sabía qué hacer, me daba mucha impotencia”.Estas fotos son de la época en que sufrió el bullying en el colegioAlguien había conseguido su número y lo había cargado en un chat erótico junto a un mensaje: “Quiero fotos calientes”. “No paraban de llegarme fotos de genitales de hombres, cientos de miles. Hoy tal vez es más fácil denunciar o cambiar tu número pero en ese momento fuimos a hacer la denuncia con mi mamá y no sabíamos ni siquiera cómo explicarlo: o sea, ¿a quién denunciamos?”.¿Era casual que le enviaran fotos de penes a una chica que se autoproclamaba lesbiana? Había tufo a “lo que a vos te falta es una buena p…” Lo mismo pasó en el colegio secundario, porque el furor llegó mientras Agustina cursaba cuarto y quinto año.Los peinados y los chupines fueron marca registrada“Había cuatro chicos que me volvían loca, me levantaban la pollera todo el tiempo y me grababan. Era muy incómodo, muy doloroso. Como veían que yo ponía fotos con mi novia, me encerraban y me preguntaban quién era la mujer y quién era el hombre en la pareja, cómo había hecho para que me diera bola, me gritaban ‘lesbiana de mierda’, cosas horribles”, cuenta y explica por qué se sentía sola frente a esa violencia.“Vos imaginate que alguien te grabe debajo la pollera, vos le sacás el celular y se lo llevás al preceptor y le decís llorando: ‘Lo único que te pido es que borres ese video’, y que el preceptor te conteste: ‘Vos no tenés por qué sacarle el celular a nadie, no vas a borrar nada porque ese teléfono no es tuyo’. Imaginate, otra persona está violando tu intimidad, tus derechos y te terminan retando a vos”.Para las autoridades, cuenta, fue “si te gusta el durazno bancate la pelusa”, es decir, “estas son las consecuencias de mostrar lo que mostrás”.Las fotos de la época son de su álbum personalEl final de la historia es que fue con su familia al colegio a presentar una queja pero la hicieron firmar un acuerdo en donde quedaba claro que si ella se defendía “me daban el pase directamente”, cuenta. “Faltaban cuatro meses para terminar el colegio, ya no te recibía otra escuela”.Para dejar de sufrir ese acoso, Agustina decidió dejar de ir al colegio y rendir libre: “Me fue bien, pero siento que me obligaron a irme. Me arrastraron a eso”.En esa época también hubo amenazas, más o menos veladas: “Iba caminando con mi novia y un chico con un bate frenó y nos empezó a gritar, a perseguir”. Había un común denominador que lo atravesaba todo: “Siempre era lo mismo. En la escuela era por ‘lesbiana de mierda’, en la calle era por ‘lesbiana de mierda’. En la televisión me preguntaban si era una chica o un chico, me decían que daba un mal ejemplo, siempre castigándome porque me animaba a hablar de eso”.”En las marchas del Orgullo me dicen que soy un ícono'”, cuenta con alegríaY así como escaló, rodó hacia abajo. “Hubo un momento en el que ser flogger era lo más y de un día para el otro pasó a ser todo lo malo. Algunos se avergonzaban de haber sido floggers, todo súper raro”, cuenta.Agustina sintió que “ya no valía la pena” y empezó a preocuparse por su futuro: “Pensaba ‘¿qué voy a hacer con mi vida? Yo ahora, con este nivel de agresiones no puedo ni atender un kiosco, me van a venir a romper todo”.Junto a Mirtha Legrand, donde trabajó detrás de cámaraAsí fue que se anotó en la universidad, se recibió de Licenciada en Comunicación Audiovisual y armó una carrera detrás de las cámaras. Fue asistente de producción de Gerardo Sofovich y en “Tu cara me suena” y es CEO y fundadora de una agencia de comunicación digital llamada RUIDO (el nombre se debe, precisamente, a los años que lleva “haciendo ruido”). Junto a su equipo hizo el marketing digital (manejo de redes, diseño web, acciones de prensa) a Mirtha Legrand, a Mariano Iudica, a Jorge Rial, a Marcelo Tinelli, a Pamela David, de Polémica en el Bar y a decenas de primeras marcas.Agustina ya no es la adolescente del Abasto pero no reniega de Cumbio. “Al contrario, yo a Cumbio le agradezco, hoy es un aval para mi empresa, un caso de éxito en la comunicación digital”, cierra. “Más allá de eso, creo que mostrándose como realmente era, sin miedo, Cumbio aportó su granito de arena a la lucha feminista. Por eso le tengo mucho cariño. Pienso que fue valiente, es más, creo que Cumbio fue más valiente que lo que soy yo ahora”.SEGUIR LEYENDO:Magui Fernández Valdez, transfeminista y candidata a diputada: “El fútbol es un gran espacio de encuentro de lesbianas”Una es bisexual, la otra lesbiana: una historia de amor y deseo entre dos chicas que nació en una iglesia católica“Soy lesbiana, no mujer”: ¿Por qué algunas lesbianas no se consideran mujeres?

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23 minutos para el fin del mundo: alarma de misiles y el oficial que evitó una guerra nuclear

Stanislav Petrov, en su juventud como oficial militar soviéticoStanislav Petrov había ido ese domingo 25 de septiembre 1983 a tomar su turno como una rutina a la que estaba acostumbrado. La única diferencia es que no estaba en una oficina con expedientes sino en la Central de Alerta Temprana Antimisiles de la Base Serpujov-15. Allí, los tiempos eran otros, muy distintos a los de la burocracia. En cuestión de minutos, quizá segundos, si las computadoras alertaban que los satélites detectaban un ataque nuclear, la obligación del jefe de turno era dar el parte para que el alto mando del Ejército Rojo le avisara al Kremlin que debían replicar.Muy simple. Tanto como dramático. Se desataría una guerra nuclear.El lunes 26 de septiembre apenas empezaba en Moscú cuando en la sala de computadoras de la Base Serpujov-15, las alarmas sonaron de modo rotundo. En las pantallas aparecieron signos de misiles en movimiento. Todas las miradas de todos los oficiales soviéticos se dirigieron a ese hombre nacido en Siberia que había cumplido 44 años pocos días atrás. Petrov tenía el grado de teniente coronel de las Tropas de Defensa Aérea y estaba al frente de las decisiones.Si lo que el satélite le había dicho a la computadora era verdad, en 20 minutos llegaría a territorio soviético un misil balístico intercontinental que, por la trayectoria de la señal, debería haber partido de la Base de la Fuerza Aérea Malmstrom de los Estados Unidos ubicada en Montana, al noroeste del país.Con el correr de los segundos, ese primer indicio se repitió. Fueron cinco las alertas. En la pantalla de su computadora salía en tipografía gigante la palabra “lanzamiento” a la par que las sirenas aullaban. En la pantalla, el sistema informático pasó de “lanzamiento” a “ataque con misil”.Los sonidos agudos podían ser el preludio de una catástrofe mundial. Todos los oficiales soviéticos sabían que si Petrov levantaba el teléfono para avisar a los mandos que había una agresión nuclear norteamericana la réplica sería inmediata.Halcones en Washington y en MoscúLa tensión había escalado en los últimos meses. El halcón Ronald Reagan estaba al frente de la Casa Blanca y en el Kremlin estaba Yuri Andropov, otro halcón, ex jefe de la KGB. La Guerra Fría era una partida de ajedrez donde las torres y los alfiles norteamericanos eran los Pershing II desplegados en Europa Occidental para destruir en diez minutos las principales ciudades de Ucrania, Bielorrusia y Lituania y los misiles de crucero BGM-109 GLCM con cabezas nucleares capaces de llegar a Moscú.Los de la base de Montana, según los datos que tenía el Kremlin, eran los LGM-30 Minuteman de 18 metros de longitud y con 32 toneladas de peso. En la punta podía tener una o varias ojivas nucleares, cosa de atacar uno o varios objetivos a la vez con bombas atómicas. Los Minuteman volaban a 18 mil kilómetros por hora.Ronald Reagan estaba al frente de la Casa Blanca y en el Kremlin estaba Yuri Andropov, ex jefe de la KGB. La Guerra Fría era una partida de ajedrez donde las torres y los alfiles norteamericanos eran los Pershing II desplegados en Europa Occidental para destruir en diez minutos las principales ciudades de Ucrania, Bielorrusia y Lituania y los misiles de crucero BGM-109 GLCM con cabezas nucleares capaces de llegar a Moscú (AP) (Dennis Cook/)Petrov sabía que un ataque nuclear de solo cinco sofisticadas y letales misiles era poquito. Sí, a esa altura de la Guerra Fría, eso que dijo Albert Einstein era razonable: “No sé cómo será la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta será con palos y piedras”. Pero el teniente coronel siberiano también sabía que la réplica soviética resultaría tan cruel como la estadounidense. Denominaciones como TR-1, Scud, R 300, SS 12 o SS 22 podían ser más o menos mortíferos. Es decir, podían eliminar decenas de miles o cientos de miles de habitantes de europeos occidentales o norteamericanos en tiempos más o menos similares.Si la Casa Blanca había ordenado un ataque o no estaba fuera del alcance de Petrov. Lo único que ese teniente coronel sabía era que si levantaba el teléfono ya sería anecdótico quién lanzó el primer misil. En todo caso, los sobrevivientes de la catástrofe después, cuando iniciaran un nuevo conflicto, se acusarían de quién arrojó la primera piedra.Petrov sabía que ambas superpotencias hacían juegos de guerra para despistarse mutuamente. Eso incluía maniobras como operaciones con submarinos en las costas de sus adversarios, vuelos clandestinos de bombarderos nucleares y también maniobras hechas a cielo abierto para atemorizar al enemigo y, de paso, a sus propios ciudadanos.Yuri Andropov, ex jefe de la KGB (Laski Diffusion) (Laski Diffusion/)La Guerra Fría sirvió a los dos bandos para disciplinar con miedo a sus propias poblaciones. Y también para matar a personas de otros países tal como había sucedido menos de un mes antes de ese lunes que despuntaba en Moscú. En efecto, el 1 de septiembre, apenas 25 días antes, un Boeing de Korean Air se metió por error en el espacio aéreo soviético y fue interceptado por un misil que terminó con la vida de las 269 personas que iban a bordo.Al momento en que Petrov debía resolver si levantaba el teléfono y dar la línea de largada para un conflicto nuclear, el Boeing derribado y las vidas perdidas se habían convertido en una escalada de acusaciones entre la Casa Blanca y el Kremlin: que el crimen comunista no iba a quedar impune, que el avión coreano sobrevolaba Kamchatka, donde había una gran concentración de fuerzas militares, aviones, submarinos y barcos, muchos de los cuales tenían armamento atómico por la relativa cercanía a los Estados Unidos.Petrov tres décadas después-Tenía todos los datos que sugerían un ataque con misiles en curso –dijo en 2013 Petrov a la corresponsalía de la BBC en Moscú-. Si hubiera enviado mi informe a la cadena de mando, nadie habría dicho nada en contra. Todo lo que tenía que hacer era alcanzar el teléfono para llamar por la línea directa a nuestros altos mandos, pero yo no pude moverme. Me sentí como si estuviera sentado en una sartén caliente.Por haber nacido en la estepa siberiana, por ser oficial del Ejército Rojo, por haber recibido una formación académica por fuera de lo militar, por pensar en su familia, por saber que un ataque orquestado se hace con muchísimos misiles y no solo con cinco, por las razones y sensaciones que se le pudieron cruzar entre las cero cinco y las cero veintiocho de ese lunes 26 de septiembre, Petrov se jugó: eso no podía ser un ataque nuclear, lo que fallaba era el sistema de radares.Ante la mirada atónita y los rostros paralizados de sus camaradas, esos veintitrés minutos confirmaron que las alertas no eran de bombas. No se registró una explosión atómica en ningún rincón de la Unión Soviética en aquella madrugada de lunes.”Tenía todos los datos que sugerían un ataque con misiles en curso –dijo en 2013 Petrov-. Todo lo que tenía que hacer era alcanzar el teléfono para llamar por la línea directa a nuestros altos mandos, pero yo no pude moverme. Me sentí como si estuviera sentado en una sartén caliente” (AP)Petrov se quedó lunes y martes encerrado en la Base Serpujov-15, brindó todos los informes a sus superiores. Con el tiempo la interpretación brindada respecto de por qué ocurrió fue que los rayos solares reflejaron en las nubes señales que los radares interpretaron como compatibles con misiles.El teniente coronel del Ejército Rojo fue de algún modo felicitado por sus superiores al haber sabido valorar en ese instante que no se trataba de un ataque atómico. Sin embargo, al presentar por escrito la carpeta con todos los detalles recibió una reprimenda por no cumplir con los protocolos burocráticos establecidos.Es difícil pasar por alto la paradoja. Si Petrov hubiera sido un empleado obediente habría levantado el teléfono y transmitido a sus mandos la señal que veía en la pantalla de su computadora: “ataque con misil”. La burocracia del Kremlin podría haber aprendido de ese teniente coronel que, quizá, no fue tan prolijo al confeccionar su informe.Lo cierto es que Petrov tenía a su mujer enferma y probablemente esos 23 minutos le hayan dejado un estrés difícil de superar. Se retiró como militar y, sin embargo, mantuvo en absoluto secreto aquel incidente, aquella historia que no terminó en catástrofe.-Pensé que era una vergüenza para el Ejército Rojo que nuestro sistema fallara de esa manera –dijo diez años después Petrov a la BBC.Claro, esa entrevista la dio en 1993, cuatro años después de la destrucción del muro de Berlín, dos años después de la implosión del sistema burocrático soviético.De qué sirvió el silencioLa gran pregunta es si Reagan y Andropov, si la OTAN y el Pacto de Varsovia, si todas las empresas armamentistas tomaron este incidente como un dato cierto respecto del riesgo que corre la Tierra que tenía entonces y tiene al momento de escribir este artículo la cantidad suficiente de bombas atómicas como para terminar con la especie humana y probablemente con la mayoría de las del planeta.La respuesta no está. Pero el incidente se convirtió en película de Hollywood. En efecto, Petrov fue invitado tres décadas después a la sede de Naciones Unidas en Nueva York. Tenía por entonces 74 años y saludó con viva emoción a Robert De Niro, a Matt Damond y Kevin Costner. Aceptó que grabaran sus movimientos y sus conversaciones –muchas de ellas brillantemente guionadas- con la intérprete y con varias personas. Ese trabajo se convirtió en un documental llamado El hombre que salvó al mundo, estrenado en 2015.En algún momento le preguntan a este siberiano curtido y sereno si era un héroe y con una cara pensativa contesta:-Solo estuve en el momento justo y en el lugar indicado.Esa frase podría ser tomada como un lugar común, aunque un diálogo que Petrov mantuvo con Costner en el documental pinta de cuerpo entero la humildad del viejo oficial del Ejército Soviético.-Usted es muy famoso en mi país –le dice Petrov al actor de Hollywood que le lleva una cabeza.Con mirada serena, el protagonista de El guardaespaldas le contestó:-En mi país mucha gente se hace famosa por cosas que no deberían importar.Más allá de que la Guerra Fría tomó otros caminos que no disminuyeron los arsenales nucleares, Petrov alimentó a muchísimos de los movimientos antibelicistas del planeta.Stanislav Petrov junto a Robert De Niro y Matt DamonPor caso, el activista alemán por la paz Karl Schumacher se hizo amigo de Petrov y el 7 de septiembre de 2017 -cuando el hombre que salvó al mundo debía cumplir 78 años- llamó por teléfono a su casa para desearle un feliz día.-Quedé impactado –dijo Schumacher horas después.Lo había atendido su hijo Dimitri y le contó que Stanislav Petrov había muerto el 19 de mayo pasado de neumonía en Friázino, una pequeña ciudad al norte de Moscú, bastante cerca de la base donde 43 años atrás había tenido la prudencia y la inteligencia suficientes como para evitar una catástrofe planetaria.La historia de Petrov, las circunstancias que rodearon el incidente y los efectos que produjo en los mandos soviéticos son parte central en la trama de la nueva novela de Eduardo Sguiglia, La redención del camarada Petrov, que publicará Edhasa en breve. Sguiglia reunió información de diversas fuentes nacionales e internacionales para narrar esos hechos históricos. Y también la intervención de partisanos argentinos en territorios de la vieja Unión Soviética durante la segunda guerra mundial.SEGUIR LEYENDO:Ácido, pintura y navajazos: el día que la ultraderecha franquista destruyó 25 obras de PicassoDrones de carne y hueso: las increíbles “palomas espías” que usaron los alemanes en la guerra y la CIA

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La tenebrosa cárcel de Spandau: 7 criminales nazis que se salvaron de la horca y el suicido de Rudolf Hess, el animal de Auschwitz

Vista exterior de la Cárcel de Spandau, que desde 1947 alojó a los siete jerarcas nazis que fueron condenados en el Juicio de Nuremberg pero que se salvaron de morir en la horcaEl 18 de julio de 1947 se montó un exuberante operativo por las calles todavía destruidas de Berlín. Los movimientos de tropas aún eran frecuentes en la ciudad, la guerra era muy reciente. Pero la magnitud de la operación llamó la atención. Soldados de las cuatro potencias movilizados y armados, sus caras tensas, las órdenes dadas a los gritos. Una caravana entró a la ciudad. Camiones, autos, carros de combate, jeeps. En el medio un camión completamente cerrado. Adentro iban siete hombres. Los siete prisioneros más importantes de la Guerra Fría. Los jerarcas nazis condenados en Nuremberg que se habían salvado de la horca.Los jueces de Nuremberg juzgaron a los que se consideraban en ese entonces los 22 nazis de mayor influencia que habían sobrevivido a la caída. Doce de ellos fueron condenados a muerte y ejecutados tras el proceso; tres fueron absueltos y siete penados con prisión.Esos siete fueron los habitantes de Spandau. Tres condenados a cadena perpetua: Rudolf Hess, Erich Raeder (Comandante en Jefe de la Marina) y Walter Funk (Ministro de Economía y presidente del Reischbank). A Konstantin Von Neurath (Ministro de exteriores y a cargo de Bohemia y Moravia) le dieron 15 años; como tenía 73 años se interpretó que era otro de los que moriría preso. Albert Speer (Ministro de Armamento, arquitecto del Fuhrer y diarista minucioso en Spandau), con su fingido arrepentimiento, logró escapar a la horca y obtuvo una pena de 20 años. Baldur Von Schirach (líder de las Juventudes Hitlerianas y gobernador de Viena) también recibió dos décadas. Y a Karl Dönitz (Comandante de la Marina y sucesor de Hitler al mando del estado alemán -creyó serlo hasta el final de sus días-) le tocó la pena más benévola: 10 años.Los magistrados de ese tribunal internacional inédito, una vez dictada sentencia salieron en estampida hacia sus países. No deseaban estar en Nuremberg ni un segundo más. Eso hizo que no se supiera bien cómo aplicar las condenas de prisión. ¿Dónde se los alojaría? ¿En qué condiciones? ¿Desde qué día comenzaba a correr el cómputo? Esos y muchos otros interrogantes debieron ser respondidos sobre la marcha navegando entre las tensiones políticas de los cuatro países que decidían.Rudolf Hess, ya anciano y como único habitante de Spandau, en uno de sus paseos diariosAlgunos hasta maldijeron que el Tribunal no haya enviado a todos al patíbulo. De ese modo se evitaban lidiar con ese problema. Eran pocos los edificios en la ciudad que podían albergar a los reos. Además, el diálogo tenso entre las potencias vencedoras no ayudaba. Cada propuesta de uno era rechazada por el otro. Mientras tanto, los siete nazis esperaban en Nuremberg que se les designara su morada definitiva.Cuando alguien habló de Spandau, la opción fue desechada de inmediato. Era una penitenciaría que estaba en pésimas condiciones. Pero ante la falta de mejores opciones se la terminó eligiendo.La cárcel de Spandau se había terminado de construir en 1881. Hasta 1919 había funcionado como lugar de reclusión militar. Durante la Segunda Guerra Mundial tuvo dos fines específicos. Por un lado servía como lugar de tránsito hacia algunos de los campos de concentración cercanos a Berlín; y por el otro, allí fueron alojados y ejecutados varios enemigos, principalmente rusos. Tenía 132 celdas y en 1946 estaba casi al punto del hacinamiento con más de 650 prisioneros.El estado general del edificio era muy malo. Varios bombardeos habían deteriorado su estructura, algunos muros habían sido derribados (cuentan que era muy fácil fugarse de allí: bastaba con tirar una soga hacia la calle y asirse fuerte de ella hasta descender), no contaba con servicios médicos y la alimentación era escasa. Todo cambió cuando llegó la orden de evacuar a todos los prisioneros. La cárcel debía quedar vacía e iniciar un proceso fulminante de reconstrucción para alojar a los siete prisioneros que habían logrado salir con vida, pero con largas condenas, de los Juicios de Nuremberg. Se refaccionaron todas las instalaciones y se reforzó la seguridad de la propiedad, haciendo hincapié en la seguridad perimetral. Spandau debía ser impenetrable.Albert Speer en su celda durante las ornadas preliminares del Juicio de Nuremberg. Su Diario de Spandau es el mejor registro de lo que pasaba tras los muros de la prisiónFue la cárcel con menor densidad demográfica de la historia: sólo siete prisioneros. Tuvo, también, el mayor número de guardias por preso. Había 25 guardias por cada detenido. En sus últimos veinte años, la prisión alojó a un solo recluso, a Rudolf Hess.Respecto de las condiciones de detención, los soviéticos siempre fueron los más rígidos. Los británicos y franceses sostenían que debía brindárseles condiciones de vida dignas. Pero los soviéticos encontraron un elemento para hacer valer su posición. Echaron mano a la reciprocidad. Hicieron que se utilizara el (muy) severo estatuto penitenciario alemán de 1943. Aún cuando los norteamericanos y franceses lograron morigerar alguna de las cláusulas el régimen inicial era muy estricto. Una carta por mes, una visita cada tres meses, una dieta demasiado frugal, incomunicación casi total entre ellos y con los guardias. Pretendían que los prisioneros no gozaran de ningún beneficio, que su estadía en Spandau fuera lo más dura posible.Si bien cada país tenía poder de veto en las grandes decisiones, mes a mes la situación cambiaba dado que la administración de Spandau rotaba cada treinta días. Así durante tres meses (salteados) por año soviéticos, norteamericanos, ingleses y franceses tenían el poder en la cárcel. Spandau fue la última empresa de manejo conjunto que le quedó a los Aliados luego del divorcio producido después de la Segunda Guerra Mundial. El último bien ganancial de los Aliados. Casi el único punto de contacto de las potenciales a lo largo de la Guerra Fría.La posición estratégica en esa Alemania dividida de posguerra y la importancia de los detenidos hacían que nadie quisiera perder su sitial en las decisiones de la cuestión. Si los rusos eran los que peores condiciones les querían imponer a los detenidos, los ingleses eran los que pedían mayor flexibilidad y humanidad en el trato. Esto no deja de tener un costado paradójico ya que Winston Churchill fue el más férreo opositor a los juicios de Nuremberg; el líder británico quería fusilar a los jerarcas nazis sin juicio previo.La incomunicación entre los detenidos tenía como fin que no tramaran nada. Ese era el gran fantasma. Eran los jerarcas nazis sobrevivientes. Entre otros, estaban el fanatismo de Hess, la inteligencia y el carácter resbaladizo de Speer, la determinación de Donitz, que seguía sosteniendo que él era el que gobernaba a Alemania. Temían que dentro de Spandau se forjara una conspiración que hiciera renacer al nazismo con el apoyo de los fanáticos que pervivían afuera. Tampoco tenían permitido dialogar con los guardias. Los soldados eran castigados por confraternizar con el enemigo si alguna conversación se entablaba.Soldados británicos patrullando el perímetro de la Cárcel de SpandauEl régimen tenía un nombre: Prisión Incomunicada. Los soviéticos eran claros cada vez que se discutía relajar algo el sistema: los prisioneros debían estar enterrados en vida. Albert Speer en su Diario de Spandau (tal vez el mejor registro de la vida cotidiana en esa cárcel) consigna en uno de esos primeros años: “La soledad es cada vez más abrumadora”.Los meses que el encargado de Spandau era soviético, todo era más difícil para los siete prisioneros. El comandante Viktor Alabjev era de una dureza extraordinaria. Cada vez que él quedaba a cargo, la incomunicación era una regla irrompible. Alguna vez ordenó encerrar a un soldado norteamericano en la celda con Walter Funk, porque los encontró hablando. También prohibió que los guardas ayudaran a bajar y subir escaleras a Von Neurath, porque esa colaboración no estaba contemplada en el reglamento carcelario.Los cuidados médicos eran exhaustivos. A la prisión ingresaban los mejores médicos alemanes. No querían convertir a los prisioneros en mártires. Pero el régimen de comidas, que era igual al de las otras cárceles alemanas, era muy escaso. Los siete hombres empezaron a perder mucho peso. Algunos hasta bajaron más de quince kilos. Speer escribió que por primera vez en su vida sabía lo que era el hambre. Al terminar sus comidas, gateaba por el piso para levantar las migas que pudieran haber caído y comérselas. Una vez estuvo una semana castigado por robarse una coliflor de la huerta de la cárcel. Rápidamente debieron aumentar las raciones.Durante años un rumor habitó Berlín. Las cuatro potencias le otorgaban una alta dosis de verosimilitud tal como afirma Norman Goda en El Oscuro Mundo de Spandau. Se decía que Otto Skorzeny, el líder de los comandos de Hitler, planeaba una operación de ataque para liberar a los detenidos en la que estaban involucrados decenas de helicópteros y casi un millar de soldados.Pasados los años, las restricciones y controles se relajaron. Tuvieron más visitas, mejores comidas (también comer lo que le enviaban sus familiares), podían enviar y recibir cartas cuando quisieran, conversar con mayor libertad. Las requisas eran menos atentas. Speer un día dejó doblado debajo de su colchón un pedazo de papel higiénico para ver si en el control lo descubrían. Como el soldado que inspeccionó su celda pasó por el alto el señuelo, el arquitecto de Hitler se ofendió. Comprendió que ya no les prestaban tanta atención, que habían dejado de ser considerados un peligro.Rudolf Hess en su momento de gloria dirigiendo un discurso a una multitud en 1937Como algunos eran de edad avanzada y ya estaban enfermos, se empezó a discutir qué hacer en caso de fallecimiento. La primera opción fue que se lo enterrara en uno de los patios de Spandau. Pero cambiaron de parecer cuando se dieron cuenta que se corría el peligro de convertir el lugar, pasado el tiempo, en un lugar de devoción nazi. Sin embargo, no fue necesario tomar ninguna decisión al respecto durante cuatro décadas. Los prisioneros salieron cuando su estado de salud ya era grave o cuando cumplieron la condena. El último en salir fue Albert Speer, en octubre de 1966.A partir de ese momento y hasta 1987, Rudolf Hess se convirtió en el único habitante de Spandau. Ni indulto, ni prisión domiciliaria, ni alojamiento en un hospicio. Ninguna opción logró consenso. Las cuatro potencias quedaron custodiando a este anciano que desde 1941 demostraba desvariar.En 1987, pidió que uno de los soldados norteamericanos que lo custodiaban fuera alejado de él. Cuando le preguntaron el motivo dijo que no entendía por qué le hacían señalar lo obvio: el soldado era negro.Su hijo inició una campaña internacional para liberarlo pero todo fue infructuoso.Al entrar en Spandau, cada recluso recibió un número de identificación. Del 1 al 7. Premonitoriamente a Hess le otorgaron el 7. Como si alguna fuerza superior hubiera sabido que él sería el último en salir. El que perpetuaría por veinte años, hasta el límite del ridículo, esta cárcel de un hombre solo.Cambio de guardia en SpandauNadie supo bien nunca cuál era el estado mental de Hess. Logró despistarlos a todos. ¿Estaba completamente loco? ¿Era un eximio simulador? ¿O alternaba periodos lúcidos con ataques maníacos?Durante años, mientras estaban los siete prisioneros originales en Spandau, no dejó dormir a sus compañeros de las celdas vecinas debido a los alaridos que pegaba de noche, motivados según él en fuertes dolores en el abdomen, aunque los médicos jamás le encontraron afección alguna. Un guardia confesó que nunca había escuchado nada igual. En los diarios de Albert Speer muchas entradas mencionan los aullidos nocturnos de Hess. Las autoridades en algún momento pensaron en cambiarlo de sector para que no afectara la salud mental de los otros seis.En sus cuarenta años de reclusión Hess pasó por los más variados estados de ánimo. Y por varios intentos de suicidio, aunque la mayoría fueron algo tímidos y poco convincentes. Ya en el Juicio de Nuremberg se había hecho pasar por loco, aduciendo una amnesia, que mostró ser sugestivamente selectiva.Recibió su primera visita en la cárcel recién en 1964, 18 años después de su ingreso. Y fue de su abogado, un excéntrico personaje que ostentaba una habilidad única en la práctica del derecho: con cada intervención suya -siempre enérgicas y extremas- la situación procesal de su defendido empeoraba. Recién en 1969 lo visitaron su esposa y su hijo.Con el tiempo y siendo el único habitante de ese monstruo espectral en que se había convertido Spandau, obtuvo más libertades y comodidades. Los soviéticos, sin embargo, se mantenían alertas. Durante una internación en un hospital alemán para ser sometido a una intervención quirúrgica en el corazón, los hombres de la Unión Soviética llegaron al ridículo de mantener -durante su mes de regencia- apostados en las seis garitas de vigilancia, a lo largo de las 24 horas del día, a sus soldados fuertemente armados. Nadie los pudo convencer de la inutilidad de la tarea: el único habitante de la prisión no se encontraba en ella.Hess era el prisionero más vigilado de la historia. Todos los que estaban en esa cárcel estaban para cuidarlo a él. Sin embargo, ese viejito de 93 años, ese criminal de guerra nazi, el 17 de agosto de 1987, logró escapar de la vista de sus cuidadores y, luego de haber fracasado varias veces en los últimos cuarenta años, logró ahorcarse con el cable de una lámpara.Así dio por finalizado su largo cautiverio. Y también la vida útil de la prisión de Spandau, que poco después fue demolida

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La herencia montenegrina en el empresariado argentino

Argentina fue uno de los principales destinos de inmigración de Croacia y de Montenegro, entre los que se encontraba Slavo Tomasević, bisabuelo del reconocido empresario Federico Tomasevich, que arribó a estas tierras en la década de 1910.

El argentino fue reconocido en 2018 por Milo Đukanović, Presidente de la República de Montenegro con la mención “El Montenegrino Luchador”, como resultado a la destacada trayectoria empresarial de un descendiente de ese país en la Argentina.

Interesado por fortalecer los negocios entre ambos países y analizar oportunidades de inversión, Tomasevich viajó en 2019 a Montenegro. Durante ese viaje, el empresario mantuvo reuniones con autoridades locales y fue entrevistado por medios locales.

En sus conversaciones con la prensa, no solamente conversó sobre las oportunidades de negocios sino que también tomó parte de su tiempo para destacar la labor de las ONGs que acompaña desde hace muchos años: CONIN, Fundación Pescar y las Olimpíadas Especiales Argentina, entre otras.

Motivado por esta vocación de ayudar a los que más necesitan, Tomasevich firmó un acuerdo de colaboración con la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de Montenegro a partir del cual aportarán recursos para los jóvenes sudamericanos que viajan a ese país a estudiar el idioma local.

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¿Asesino o pionero de la eutanasia? La polémica historia del Dr. Muerte, quien ayudó a quitarse la vida a 130 personas con una máquina de su invención

Jack Kevorkian, el Dr. Muerte, con su máquina Thanatron APTenía un lema que guió su vida: “Morir no es un crimen”. Es una tontería grande como un pino, una perogrullada que intenta ser sutil y es hasta absurda. Jorge Luis Borges lo dijo mejor y con una reflexión sencilla y profunda: “Morir es una costumbre que suele tener la gente”. Pero a Jack Kevorkian Borges le importaba nada: estaba interesado por la muerte. Ganó en buena ley un apodo siniestro, “Doctor Muerte”, un oxímoron que lució con cierto orgullo. Además de médico, fue pintor, músico, intentó ser político y se consagró como un activista del derecho de la gente a morir sin sufrir. Fue un defensor de la eutanasia y de lo que llamó, no sin involuntaria ironía, el “suicidio asistido”.En los años 80 escribió una serie de artículos publicados en los diarios de Detroit, Estados Unidos, en los que defendía la eutanasia. En 1987 se ofreció como médico especializado en la “orientación de la muerte”. Entre 1990 y 1998 ayudó a morir a más de ciento treinta pacientes. Inventó dos máquinas que permitían a los moribundos, o a quienes tenían certeza de su final inminente, a administrarse químicos letales para terminar con su vida. Fue juzgado y condenado a entre diez y veinticinco años de cárcel por asesinato en segundo grado. Cumplió sólo ocho años de prisión y fue liberado en 2007 por razones de salud y por buena conducta, previo compromiso de que no volvería jamás a asesorar a nadie sobre cómo morir. Murió el 3 de junio de 2011, hace diez años y a sus 83. Su lucha, que no fue tal, puede verse de dos maneras: como la de un adelantado que velaba por la muerte digna, o por la de un ser extraño que escudado en el ideal de evitar el sufrimiento, escondía una no menos extraña atracción por la muerte que guio su vida hasta el final.Jacobo “Jack” Kevorkian nació el 26 de mayo de 1928 en Pontiac, Michigan.En las tres o cuatro décadas que transcurrieron desde sus andanzas, la ciencia médica terminó por aceptar su idea de evitar el sufrimiento previo a la muerte, en la que Kevorkian no era siquiera original. Pero los métodos con los que intentó imponer su concepción, emporcaron aquel ideal y retrasaron quién sabe en cuanto tiempo los avances científicos, morales y hasta filosóficos que aceptaron, o aún debaten, la eutanasia.Kevorkian saltó a la fama no sólo por sus posturas audaces, sino por la exhibición, algo descarada, que hizo de sus métodos, de sus casos y hasta de la privacidad de sus pacientes. Es a partir de esos años, los 80, que se ubica a Kevorkian en la ruta, que él convirtió en escabrosa, de ayudar a morir a la gente. Lo ratifican aquellos primeros artículos periodísticos en los que fijó su posición frente a la eutanasia y al “suicidio asistido”. Es una idea falsa. Kevorkian sintió una extraña fascinación por la muerte desde muy joven. Algunos costados de la vida del Doctor Muerte son poco conocidos y es preciso rescatarlos del olvido. Esta es su historia.Kevorkian egresó de la Escuela de Medicina de la Universidad de Michigan en Ann Arbor en 1952.Jacobo “Jack” Kevorkian nació el 26 de mayo de 1928 en Pontiac, Michigan. En 1945, cuando la Segunda Guerra llegaba a su fin, se graduó con honores y a los 17 años en el Pontiac Central High School. Y en 1952 egresó de la Escuela de Medicina de la Universidad de Michigan en Ann Arbor. Es de esos años que, según sus amigos de entonces, a Kevorkian le viene el apodo de Doctor Muerte. Sus compañeros de residencia médica en 1954 lo recordaron siempre como un tipo “inquietante” y hasta llegaron a dudar de su estado mental. Era un encendido relator de las masacres que los turcos habían desatado sobre sus antepasados armenios y llegó incluso a ensayar una defensa del nazismo porque “jamás podrán volver a hacerse los experimentos humanos hechos en los campos de concentración”.Semejantes relatos y opiniones lo hicieron el centro de atención de sus colegas residentes de Patología, junto con una práctica más extraña y turbadora que sus opiniones: Kevorkian hacía rondas especiales en busca de pacientes moribundos, a quienes les alzaba los párpados y los fijaba con tela adhesiva: quería fotografiar sus córneas y comprobar si los vasos sanguíneos cambiaban en el momento de la muerte. No parece que, por entonces, a Kevorkian le importara mucho la dignidad de los pacientes.El 11 de marzo de 1993, la periodista Barbara Walters posa con el Dr. Kevorkian y un dispositivo similar al que usaba para su método de eutanasia. AP Esas observaciones le hicieron escribir en 1956 el artículo “The Fondus Oculi and the Determination of Death” “El Fondo de Ojo y la determinación de la muerte”, en el American Journal of Pathology. Su proximidad a los pacientes terminales lo llevó a elaborar sus primeras teorías cuestionadoras de la profesión médica tal como se entendía, y a impulsar el suicidio asistido como una forma de sobrellevar con dignidad el fin de la vida.A principios de los años 60, Kevorkian ensayó transfusiones de sangre de cadáveres a personas vivas, y buscó autorizaciones para poder experimentar con los reos condenados a muerte porque, afirmó, era “un privilegio único experimentar con un ser humano que va a morir, como con cualquier otra persona que esté frente a una muerte inminente e inevitable.” Su atracción por la muerte pasó a su hobby favorito, las artes plásticas. Sus obras empezaron a incluir imágenes de asesinatos, personas decapitadas y otras escenas truculentas; una de ellas, “Genocidio”, luce en el marco la sangre del propio Kevorkian que creyó necesario incluirla como un aporte al arte, acaso limitado y chusco, pero aporte al fin.”Más cerca que tí que Dios”, uno de los cuadros de Kevorkian APPara entonces, años antes de los 80, en Estados Unidos no había demasiadas dudas sobre los perversos trastornos de la personalidad de Kevorkian. Por ellos fue despedido de varios hospitales e institutos, hasta que abrió su propia clínica de diagnósticos, que sucumbió al poco tiempo, porque no había institución ni profesional que le derivara sus pacientes. Se jubiló en 1982, que fue cuando inventó su propia especialidad, que rondaba su cabeza en estado de embrión desde mucho antes: la “obtiatría”, la manipulación de la muerte.Entre 1990 y 1998 Kevorkian ayudó a morir a ciento treinta enfermos terminales, para los que inventó una máquina a la que llamó Thanatron”, “Máquina de la muerte” en una traducción libre, que permitía que los enfermos se administraran ellos mismos unos químicos letales que apuraban su muerte, al parecer indolora y sin sufrimientos. Las autoridades le suspendieron primero y le retiraron después su licencia médica con lo que Kevorkian quedó inhabilitado para acceder a químicos y drogas especiales. De manera que inventó, en la cocina de su casa, otra máquina, “Mercitron”, “Máquina misericorde”, que permitía a los enfermos suicidarse al inhalar monóxido de carbono a través de una máscara.La máquina de la muerte, el Thanatron que ideó Kevorkian. ReutersJunto con las muertes asistidas llegaron las detenciones y los juicios. El primer caso, en 1990, fue el de Janet Adkins, una maestra de 54 años que padecía Alzheimer. Kevorkian mismo avisó a la policía sobre el uso que iba a darle a su máquina Thanatron. Luego de la muerte de Adkins, que se avino a inhalar monóxido de carbono, la policía detuvo a Kevorkian. El esposo y los hijos de la maestra dieron a conocer entonces una carta suicida de la mujer. El escándalo fue tremendo y Kevorkian aprovechó para trepar la ola: “Trato de llamar la atención de la profesión médica para que acepte sus responsabilidades, que incluyen asistir a sus pacientes en la muerte. Con su cuerpo -dijo Kevorkian sobre Adkins- podríamos haber dividido el hígado en dos y haber salvado a dos niños; podría haberse aprovechado su médula ósea, su corazón, dos riñones, dos pulmones y un páncreas”. Mientras en Estados Unidos el debate sobre eutanasia y suicidio asistido se hacía nacional, Kevorkian recorría Michigan en una furgoneta Volkswagen destartalada con su máquina de ayudar a morir a bordo.Entre 1994 y 1997 enfrentó cuatro juicios por las muertes asistidas de seis pacientes. Fue absuelto en tres y el cuarto juicio fue declarado nulo. En 1995 la Asociación Médica de Estados Unidos lo calificó como “instrumento de la muerte” y de “una gran amenaza para el público”. Kevorkian parecía cabalgar a gusto con los dos potros a los que alimentaba: el de quienes lo veían como a un héroe que permitía morir con dignidad y sin mayores sufrimientos, y el de quienes lo veían como a un asesino de sangre fría que se adueñaba de la personalidad de quienes padecían dolores crónicos o enfrentaban a una muerte inevitable.Kevorkian en una audiencia junto a su máquina, que ayudaba a morir APEsos eran los principales cargos en su contra. Las denuncias sobre las primeras ciento treinta muertes asistidas, dijeron que el sesenta por ciento de los pacientes no eran terminales, ni enfrentaban una enfermedad grave; Kevorkian no disponía de un estudio exhaustivo de ninguno de esos casos; carecía de un examen psiquiátrico de sus pacientes, muchos de ellos afectados de depresión; tampoco había intentado derivarlos a un especialista, incluidos los expertos en el tratamiento del dolor, ni había tenido en sus manos las historias clínicas de sus pacientes.El 17 de setiembre de 1998, Kevorkian aplicó una inyección de cloruro de potasio a Thomas Youk, que padecía las instancias finales de una Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) y carecía de toda posibilidad de moverse, por eso fue necesaria la participación directa de Kevorkian, que filmó todo el procedimiento. Dos meses después, el 23 de noviembre, las escenas de la muerte de Youk se vieron en el famoso programa periodístico americano “60 Minutos”. Kevorkian fue detenido entonces acusado de homicidio. L. J. Dragovic, médico forense de Oakland y encargado de llevar adelante las investigaciones sobre los suicidios asistidos, siempre se negó a considerarlos como tales, y menos “facilitados por un médico”. Para Dragovic, Kevorkian, “no es más que un verdugo múltiple” que había facilitado cerca de cuatrocientas muertes con sus métodos de eutanasia directa, una práctica que era ilegal.La idea del verdugo serial fue reforzada por la opinión de Kalman Kaplan, director del Centro de Investigación sobre el Suicidio, de Chicago, que estudió cuarenta y siete de los casos de suicidio asistido. Kaplan afirmó: “Hay muy pocas pruebas de que Kevorkian haya consultado con el médico o el psiquiatra de las víctimas”, lo que dejaba al desnudo los motivos que impulsaban al Doctor Muerte a concertar el suicidio asistido casi en las primeras visitas a sus enfermos. Lo acusaron de recomendar uno el mismo día de su primera visita a la paciente.Kevorkian en la Corte. Ayudó a 130 personas a morir APLa muerte asistida de Thomas Youk, la filmación hecha por Kevorkian y cedida a “60 Minutos”, lo llevaron primero a la cárcel y luego a juicio. Un jurado lo encontró culpable de homicidio en segundo grado, que define al asesinato intencional no planificado, ni premeditado, ni cometido por un “arrebato pasional” razonable y, también, al asesinato provocado por un comportamiento peligroso y por la evidente falta de interés por la vida humana por parte del delincuente.Kevorkian fue condenado en 1999 a una pena que oscilaba entre los 10 y los 25 años de prisión, de los que cumplió sólo ocho debido a una salud precaria y a su buena conducta. Salió de la cárcel el 1 de junio de 2007, bajo la condición de no volver a asesorar a nadie sobre modos de morir. Las rejas le habían renovado los aires y afilado las ironías. Cuando le preguntaron qué había sido lo peor de sus años de prisión, dijo: “Los ronquidos”.Fue sentenciado a una pena que oscilaba entre los 10 y los 25 años de prisión, pero sólo cumplió 8 tras las rejas APSiguió su vida como un activista del derecho a la eutanasia, mientras el mundo científico y la moral social se amoldaban con paciencia y no sin recelos, a la idea de la muerte digna. El mundo vivía nuevas formas de relaciones humanas y de estructuras familiares, sus habitantes exigían la sanción de nuevos derechos, y la vigencia de los postergados, como aspiración a mejorar sus condiciones de vida y sus posibilidades de progreso. Entre esos derechos asomaba el de la muerte digna. Estados Unidos llegaría a tener tres Estados en los que la eutanasia es legal, Oregón, Montana y Washington, como es legal también hoy en siete naciones: Países Bajos, la pionera, Bélgica, Luxemburgo, Canadá, Colombia, Nueva Zelanda y España. En todo caso, las ideas y los debates que impulsan nuevas y mejores formas de vida que alcanzaban a la forma de morir y hasta a la idea de la muerte, marchaban, y marchan aún, lejos de una Volkswagen descacharrada, con una máquina en su interior para que aspiren monóxido de carbono quienes se sientan desahuciados por un mal.El 15 de enero de 2008, siete meses después de dejar la prisión, Kevorkian volvió a defender sus tesis frente a casi cinco mil personas en la Universidad de Florida. Dijo entonces que su intención “no había sido la de matar a los pacientes, sino la de evitarles el sufrimiento”. Dos meses después, anunció que se postulaba como diputado al Congreso de Estados Unidos por Michigan. Lo hizo como candidato independiente y obtuvo 8.897 votos. Se vio recompensado por el cine, que puso su vida agitada y discutida en una película que protagonizó Al Pacino.Jack Kevorkian murió el 3 de junio de 2011 por un cáncer de hígado. Él esperó la muerte y no la anticipó con sus métodos APCon dificultades renales durante muchos años, en 2011 se le diagnosticó cáncer de hígado provocado tal vez por Hepatitis C, como admitió su amigo personal Neal Nicol. El 18 de mayo de ese año fue internado en el William Beaumont Hospital in Royal Oak, de Michigan, por una neumonía y con sus riñones deteriorados. Se agravó de forma rápida y murió por una trombosis cerebral el 3 de junio, ocho días después de su cumpleaños 83.Pese a que alguna vez había dicho que le temía a la muerte como cualquier otro ser humano, no hay constancia de que haya pedido para sí el alivio que pregonaba para los demás. No pidió ir al encuentro de la muerte y sí quiso esperarla, y fue complacido, con música de Johann Sebastian Bach, que cantaba a la vida y a la gloria de Dios.Fue enterrado en el White Chapel Memorial Park Cemetery, en Troy, Michigan. En su lápida se lee: “Se sacrificó por el derecho de todos”.SEGUIR LEYENDO:Ayudó a una mujer a morir y lo apodaron “Dr. Asesino”: a solas con el argentino que ahora es un pionero de la eutanasia legal“Lo escuché y salí llorando”: un médico cordobés y la historia real que inspiró el flamante proyecto de ley de eutanasia

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